domingo, 12 de febrero de 2012

Blanca Navidad

Hace tiempo no escribía, pero quise volver un poco atrás y contar cómo fue la celebración de las fiestas de fin de año acá en Corea. Como la idea es que esto funcione como diario de vida de la experiencia, no podía dejar de registrar esas importantes fechas.

Siempre supimos que la Navidad iba a ser muy piolita, los tres solos en la casa, con algo rico de comida y regalitos para el Toti, así que con esa mentalidad partimos a comprar árbol, uno que otro adorno y cosas para comer.

Mi idea era preparar algo simple, sin complicaciones, pero como estoy casada con mi marido eso no fue así. A Cristián se le puso en la cabeza que quería comer pavo, por lo que cada vez que salíamos durante diciembre buscábamos la famosa ave que nunca apareció. En Corea NO hay pavo, ni entero, ni trozado, ni congelado…ni siquiera jamón se puede encontrar. Bueno, carne entonces. Elegir carne acá es súper difícil. Como los coreanos tienen distintas formas de cocinarla, los cortes son totalmente diferentes, irreconocibles, así que jamás compro…a no ser que sea carne molida australiana (sigo con un mini susto que metan a un cachupín a la moledora) y si queremos el típico steak vamos a un restaurant americano y listo…sin riesgos.

En el tercer supermercado que vimos encontramos lo que buscábamos. Unos pedacitos que se veían buenos, aunque enanos. Con la ayuda del lenguaje de señas, traductor del celular y un útil dibujito de vaca pudimos cerciorarnos que fuera filete. Yeiii. Buenísimo…hasta que supimos que costaba $70.000 el kilo. “Gracias, te llamamos”.

Como el tema de la carne es por esencia un asunto de Cristián le dije que él se encargara de comprar esa parte de la comida y que yo me vería el resto.

Ya que esta iba a ser una Navidad un poquito fome decidí que le daría el toque “dueña de casa” con el postre. Nada de cosas compradas, me iba a arriesgar e iba a hacer mi primer cheescake. Receta sacada de internet y listo. Eso más unas papas a la crema, ensalada y el pedazo de animal que mi maridito eligiera y estábamos.
Quedó exquisito!

Un par de días antes de Noche Buena Cristóbal se empezó a sentir mal. Con él en la casa era imposible comprarle algo a Cristián, pero me moría de pena que no abriera ni un regalito. ¿Qué hacer? Como a veces es mejor tener amigos que plata le comenté mi triste historia a mi amigui coreana, Eugene y ella, amorosa y servicial como es, partió con su marido y le compró a Cristián un reloj que yo había elegido mirando en internet. La loca me mandaba fotos por celular de la muñeca de su marido usando el reloj para que yo diera mi visto bueno final. Se pasó de tierna. Listo, regalo de marisco: check!

Lo único que faltaba ahora era la esperada Blanca Navidad. Hacía un frío yeguo, pero de nieve nada de nada. ¡Pucha cai! LA cosa buena que tenía el pasar las fiestas congelándonos. Al final parece que las plegarias fueron escuchadas y, cual milagro navideño, JUSTO el 24 nevó por primera vez desde que llegamos. Nos abrigamos como oso y salimos a mostrarle la nieve al Toti.
Tratando de encontrarle el gustito a la cuestión
Es divertido como uno como papá a veces se hace tantas expectativas tontas que lo único que hacen es desilusionarte después…Obvio yo pensaba que Cristóbal iba a correr feliz, a tirarse a hacer angelitos en el suelo y a jugar chocho tirándonos bolitas de nieve. Amorosa e inocente yo. Durante la primera media hora no quiso ni que lo bajáramos de los brazos. Le daba nervio la consistencia, estaba incómodo con tanta ropa y lo único que hizo fue quejarse y lloriquear. Yo, tratando que no se me notaran las ganas de subir y mandar todo a la chachu, jugaba sola tratando de llamar su atención, mientras que Cristián le tiraba nieve que le caía en la cara y lo hacía llorar. Ayyy, ¡¡caos!! No sé cómo al final se empezó a relajar y “algo” jugó.  De vuelta en la casa me empecé a sentir mal yo y jodí. Me enfermé heavy. Sintiéndome como el real ass hice lo que había que hacer tratando de mantener una cara y ánimo decentes.

Después del nevado fiasco Cristián salió a comprar y volvió con cara de felicidad. En un lugar donde venden comida gourmet encontró el nunca bien ponderado pavo. Una tremenda cuestión de 7 kilos que ya estaba relleno, pero que venía congelado hasta la médula. La gracia había costado las mismas 70 lucas que el filete, pero al menos podríamos pasar el invierno comiendo de ahí si queríamos porque era enorme. Al principio tratamos de descongelarlo poniéndolo al sol, pero los -10 grados jugaban en nuestra contra, después pensamos en trozarlo, pero estaba tan duro que habría que haber tenido una sierra eléctrica. Finalmente Cristián sacó el plato del microondas y, no sé cómo, lo hizo caber. Dos horas se demoró la gracia.

OK, y ahora, ¿cómo se cocina esto?, ¿y dónde? Acá no se usan los hornos, así que lo único que tenemos es un mini hornito eléctrico. Nada que hacer, al mini horno no más. Como yo estaba con dolor de cabeza y frustrada por el día en general, ni pesqué el tema del pavo. La verdad me daba lata que Cristián hubiera sido tan cuático con el tema de la comida. ¿Por qué no comer una pasta rica, o cualquier otra cosa?, hasta me ofrecí a hacer ñoquis caseros, ¿por qué tenía que ser pavo? No teníamos las condiciones para cocinarlo y tampoco el tiempo, pero bueno…ya estaba comprado y aunque le hubiera hecho una intervention él no iba a cambiar de opinión.

Cachando mi ánimo –supongo- mi marido decidió no preguntarme ni pedirme nada y solito averiguó por internet tiempos de cocción, etc. y metió el pavo al horno. De verdad no sé cómo lo hizo, sólo me acuerdo entre carcajadas como literalmente agarraba las piernas del ave y se las abría y empujaba con todo el peso de su cuerpo para que la puerta del horno cerrara. En ese sentido sirve que sea porfiado, porque la cuestión cerró.
Una bandeja de horno pegada al fondo y un par de servilletas incendiadas después, pudimos sentarnos a comer. Al final no me puedo quejar porque el pavo quedó exquisito y todo salió bien. Cristóbal disfrutó abriendo y analizando cada regalo y a Cristián le encantó su reloj. Además, seguimos como con 4 kilos de pavo en el congelador…¿qué más puedo pedir?
El triunfo del hombre sobre la bestia

sábado, 7 de enero de 2012

Sólo me duele cuando me río

Cuando llegamos a Corea era pleno verano. La alta temperatura y la humedad hacían que uno anduviera transpirado y aletargado todo el día. Caminábamos una cuadra y parecía una eternidad y, por supuesto, yo me quejaba y me quejaba. Inocente paloma, yo. Si alguien me hubiera dicho lo que me esperaba, hubiera atesorado cada una de esas gotas de sudor y cada momento en el que sentí que me faltaba el aire.

Estamos comenzando el 2012 y el frío es te-rro-rí-fi-co. ¡Cómo añoro esos días de ahogo!

Antes de llegar a este país me habían comentado que el invierno era duro, con hartos grados bajo cero, pero como yo había vivido en Coyhaique y Punta Arenas, entre otras ciudades, me imaginé que no me iba a costar tanto acostumbrarme. Error.

Al menos a mí me dio la impresión que el tiempo cambió de una semana para otra. De repente ya no parecía tan irracional usar pantalones o ponerse un poleroncito. Y así mismo, de un día para el otro el cuerpo te pedía ponerte encima cada prenda de ropa que tuvieras a tu disposición. Hace años que no necesitaba instalarme gorro, guantes, bufanda, calzas de polar debajo de los pantalones, doble calcetín y todas los demás implementos…¡y si tuviera pasamontañas feliz me lo pondría!

En ese sentido he perdido toda vanidad. Cuando salgo me da lo mismo parecer loca, usando dos gorros al mismo tiempo o tapándome la cara entera con bufandas y pañuelos, y si la parka, gorro y botas no me combinan para nada…WHO CARES! Prefiero vivir…

La verdad es que como acá soy dueña de mi propio tiempo –por no decir que soy desempleada- no tengo la necesidad imperiosa de salir todos los días, pero ese mínimo rato que me demoro en caminar las dos cuadras que separan mi casa del jardín del Toti hacen que me quiera morir. Salgo forrada de pies a cabeza, pero igual siento que esa casi nula parte de mí que queda al aire libre se me está partiendo y cayendo a pedazos. Suena enfermo de exagerado, pero de verdad que la sensación térmica de -20 es para querer encerrarse en una cueva y no salir más.

Con el Toti es la misma cuestión. Lo lleno de camisetas, calzas de algodón debajo de la ropa, parkas, gorros con chiporro e incluso una mascarilla del tren “Thomas” para que no respire aire helado. Eso más una frazada sobre la que se sienta en el coche, otra que le tapa las piernas y un forro plástico tipo carpa que cubre todo el armatoste. Estupendo, ¿verdad? Así ni se entera que hace frío…eso hasta que hay que sacarlo de su mini mundo calentito para entrar a otro lugar, llámese taxi, jardín, casa, etc.

¿Cuál es el problema entonces? El problema es que estamos en Corea y acá la gente anda a ‘patita pelada’ all day long, sean guagua o viejo, entonces absolutamente todos los lugares están calefaccionados a unos 28-30 grados. Uno literalmente entra a cualquier café, mall o lo que sea y te tienes que desnudar lo antes posible cosa de no transpirar demasiado durante los segundos que te demores en la tarea.

En nuestra casa el medidor de la calefacción no tiene marcados los grados, pero lo tenemos fijo en un tercio de lo que sería la máxima. Así y todo podemos estar a pies pelados y con polera, pero igual las amigas que tengo acá incluyen, a la misma calefacción que tengo yo, una máquina de aire caliente que funciona como secador de pelo gigante. ¡Valorrrrr! ¡No sé cómo no se quieren sacar la piel! Por esos mismos cambios de temperatura es que se rompió nuestra racha de cuatro meses de salud ininterrumpida.

Un día cualquiera el Toti volvió medio enfermo del jardín. No parecía nada especial, pero se notaba que se estaba resfriando. Le di sus remedios típicos para que durmiera bien y al otro día no lo llevé al colegio. Nos quedamos en la casa y de repente, al levantarse de la siesta…¡pánico! ¡despertó cojeando heavy! Al principio me lo tomé con calma y pensé que en el trayecto de su pieza a donde estaba yo se podría haber doblado la patita o algo y que se le iba a pasar. Al rato y como la cojera seguía igual, pero no se quejaba de nada, asumí que estaba jugando, así que empecé a decirle que caminara bien, que eso “no se hacía”, sólo para ver si podía, pero no hubo caso. Lo agarré y empecé a moverle la patita en todas las formas posibles para ver qué parte era específicamente la que le estaba causando la molestia, pero nuevamente cero respuestas. ¡Nada parecía dolerle! Un rato después llegó Cristián y nuestra profesora de coreano. Hice la clase mirando todo el rato como Cristóbal cojeaba de esta forma extrañísima, corriendo incluso, y sin decir ni pío. En cuanto se fue la profe entré a Internet y Columbo se apoderó de mí. ¡Necesitaba saber qué le estaba pasando! No sé por qué, pero sentía que no era normal y que tenía que averiguar luego cómo ayudarlo. ¡Me partía el corazón verlo así, como niñito de la Teletón! Suena idiota, pero de verdad que no era una cojera normal. Caminaba a la misma velocidad de siempre, corriendo y jugando a la pelota incluso, pero con la patita derecha con los dedos amuñados y sin apoyar toda la planta, sólo el lado externo.

Bueno, al final entré a Google y encontré ¡puras tragedias! En un blog una mujer contaba cómo su hijo había partido con cojera sin dolor de un día para otro, un tiempo después descubrieron que tenía leucemia y había muerto cuatro años después. En otro sitio hablaban de posibles tumores óseos y así, una cosa terrible tras otra. La única información que se repetía en todos lados era que la cojera en un niño nuca es normal y siempre debe ser visto por un especialista.

Al otro día y luego de llorar casi toda la noche, pasándome los peores rollos del mundo, partí al hospital sola con mi pollo cojo. Esperamos la hora y media promedio –en Corea no se usa el pedir hora…todo es por orden de llegada o gravedad- y entramos a que lo viera un ortopedista. El doctor tenía unos doce años, calculo yo, y hablaba inglés peor que Lucho Jara. JUSTO lo que NO necesitaba.

Obvio Cristóbal no quiso ni que lo mirara este ‘puber’ así que apenas lo pudo revisar. Le hicieron rayos x y como salieron normales el súper diagnóstico fue que quizá había pisado un juguete mientras yo no lo veía y sólo le dolía al cargar su peso sobre el pié. ¡GRACIAS POR NADA, NIÑITO!

Ya en la casa me puse a conversar por chat con una amiga y las dos, obsesivas como somos, seguimos navegando la Web al mismo tiempo en búsqueda de la respuesta al misterio. De a poco empezamos a ver que en varias partes se hablaba de cojeras causadas por virus, que afectan generalmente a niños chiquititos y que por lo general parten luego de un resfrío y se agravan al despertar. Lo que al parecer pasa, es que el virus se les va a tejidos blandos como los ligamentos de la cadera, lo que causa inflamación y dolor. ¡Aleluya!

Todos los síntomas describían tal cual lo que le estaba pasando al Toti, así que por fin sentí que le habíamos achuntado. Le empecé a dar analgésicos para aliviar la supuesta inflamación y a los dos días la cojera había desaparecido. Soy seca or what?!

Cuando el nene ya estaba apto para volver al jardín y darle así un respiro a su madre lo llevé al jardín nuevamente. La libertad me duró dos días y volvió a tener fiebre. Tos de perro, ronquito y respirando con dificultad. Esta me la sabía…¡laringitis! Otra semana más de enfermera/esclava y la que estaba sintiéndose pésimo ahora era yo.

Mi enfermedad partió normal. Típicos síntomas de resfrío que se iban eternizando sin avanzar hasta que partió la tortura de la tos. Tos del terror que me tuvo sin dormir por casi cinco noches. Probé todo, los remedios que me traje de Chile, otros comprados acá y los infaltables naturales que se supone ayudan. En mi desesperación por descanso terminé tomando analgésicos, tres tipos distintos de jarabes, antibióticos y una cebolla entera licuada con el jugo de dos limones de una sola ‘patada’. Nada me ayudaba. Cuando ya no daba más me empezaron unos dolores en las costillas que literalmente no me dejaban respirar. Cada bocanada de aire hacía que me salieran lágrimas…Hasta ahí no más llegué. Al otro día partimos con Cristián al doctor y vi lo que era ser paciente en Corea por primera vez.

Fue justo en la semana entre Navidad y Año nuevo, así que Cristián se había pedido un par de días supuestamente para aprovechar de pasear. Incluso habíamos arrendado un auto, pero como estaba había cero posibilidad de pasarlo medianamente bien.

Una niña que trabaja en el área que ayuda a los expats de Samsung nos acompañó al hospital para hacer de intérprete.

Al llegar te guían hasta un sector de espera donde hay pequeños cubículos estilo “isapre” donde se atiende a la gente por orden de llegada. Primero hay que ir a la caja a pagar lo que será una atención de urgencia y te ponen una pulserita como la que le ponen a los recién nacidos. Luego pasas a estos cubículos (que no tienen divisiones) y que están atendidos por enfermeras y ahí ingresan tus datos, síntomas, te pesan, toman la temperatura y presión arterial. Todo lo imprimen en unas etiquetas que te van pegando al historial médico.


Mientras estábamos en eso sentimos unas voces como raras, miramos para atrás y justo a mi espalda había una viejita, en una camilla, que al parecer estaba teniendo convulsiones. Sus parientes asustados trataban de afirmarla y un par de doctores la estaban atendiendo…todo ahí. Un par de metros más allá un niño en silla de ruedas, con batita de hospital y suero; una embarazada que lloraba, también en bata de hospital y pantuflas, y por lo menos unas cinco guaguas llorando, que se notaba estaban afiebradas, o esperando hacer pipí para un examen de orina o lo que sea.

La escena era un poco fuerte. Todos juntos, apiñados, con obviamente distintas dolencias y vestidos con ropa de clínica. ¡Cero pudor o intimidad! Me daba vergüenza toser, porque me imaginaba a los papás de esas guaguas queriendo matarme por estar llenando la sala de bichos, pero no me quedaba otra.

Al ratito me llamaron y ahí, en medio de la gente, un doctor me hacía preguntas a través de la intérprete y me escuchaba el pecho y espalda. Aprovechó de darme unos golpecitos en distintas partes y me dijo que creía que tenía neumonía. Chiuuuu, ¡me lo temía! Pero lo peor de todo no fue el diagnóstico…lo peor fue que este mismo tipo me dijo que lo más probable era que me tuviera que quedar hospitalizada. Nooo, ¡¡¡quiero morir!!!

Como Cristián justo estaba con esos días libres no era Cristóbal el que me preocupaba, lo terrible era que en los hospitales acá no existe el concepto de privacidad. Me hubiera tenido que quedar con no sé cuántos otros coreanos quejosos y enfermos. Por favor, Señor, ¡no lo permitas!

Me dijeron que me iban a tener que hacer exámenes de sangre, que también te los hacen ahí con los compañeritos enfermos al lado, y rayos X y que todo demoraría unas dos o tres horas. Al escuchar eso le dije a Cristián que se llevara al Toti y que fuera a dejar a su compañera de pega también y que yo lo llamaba cualquier cosa. No quería que Cristóbal se pegara más cosas.

Cuando me llamaron para los rayos X me pidieron que me sacara la parte de arriba de la ropa y que me pusiera una mini batita. Ok, pero ¿dónde? – pase aquí-. El “aquí” era un mini closet, ahí mismo en la sala de espera, con batas y bolsas plásticas. ¿Para qué las bolsas? Para que ahí guardaras tus cosas. ¡Ayyyy, cómo te extraño, Clínica Alemana!

Con mi sentadora y elegante batita y una bolsa de supermercado llena con mi ropa salí para enfrentar una vez más, pero esta vez semidesnuda, a mis partners de espera. ¡Qué plancha!

A pura seña me mostraban qué tenía que hacer y a pura seña me iban llevando de un lado a otro. Al final llegué a la oficina de otro doctor –que en verdad parecía más otro closet, pero un poquito más grande- y, mostrándome los rayos X me dijo que él creía que la neumonía estaba a tiempo de superarse con remedios y que no creía necesario que me quedara internada. Thank you, Jesus!

Tomé un taxi y casi tres horas después de haber llegado pude salir del hospital.

Algo bueno que encontré es que al irte te dan todos los remedios recetados, en mini bolsitas zipplock con la dosis justa para cada vez que los tengas que tomar…¡y no te los cobran! Lindo detalle J Lo único que pagué fue el monto inicial que fueron unos $40.000 chilenos.

No tengo idea qué tomé, pero un par de días después me sentía MIL veces mejor. La tos dolorosa pasó a ser tos vergonzosa, pero al menos ya podía dormir.

Justo cuando empezaba a volver a la vida llegó el Año Nuevo. Empecé el 2012 sintiéndome bien, pero con el terror latente de volverme a enfermar de esa forma. Es en situaciones como éstas en las que uno de verdad quiere estar en su país.
Una cojera y tos maldita fueron las que me hicieron, por primera vez desde que llegamos, extrañar de verdad mi casa.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Día NEGRO

Al igual que la gran mayoría de los mortales, por lo general me paso la semana entera esperando ansiosa la llegada del sábado. Es lejos mi día favorito. Representa el inicio del descanso y actividades choras y, sobre todo acá en Corea, significa dejar de lado el aburrimiento que causa el estar la mayor parte del día sola.

Todos los sábados durante el desayuno decidimos con Cristián que hacer ese día. Generalmente salimos temprano y volvemos en la noche, intentando aprovechar al máximo el tiempo.

Hace un par de semanas partimos con la misma rutina de siempre, pero no nos dimos cuenta que en ese mismísimo momento una espesa nube negra se estaba instalando sobre nuestras cabezas.

Por primera vez en muchas semanas decidimos almorzar en la casa. Había comida hecha y Cristóbal estaba durmiendo siesta, así que igual había que esperar que se despertara. Tipo dos de la tarde estábamos listos. La idea era ir a Seúl y hacer un paseo en catamarán por el río Han, que cruza toda la ciudad, y que al anochecer ofrece un panorama de verdad muy lindo. Suena regio, pero no contábamos con la cantidad de errores y ‘malas cuevas’ que nos esperaban.

Tomamos un taxi y llegamos a la estación de Suwon. Primero que todo nos equivocamos al comprar los tickets del tren. Compramos ida hasta Seúl cuando necesitábamos bajarnos antes, en una estación que está más cerca del destino final al que íbamos. FAIL, pero filo…no era tan importante. Al bajarnos tomamos otro taxi para que nos llevara hasta el lugar donde se toma el barquito. Hay que tener en cuenta que ya está haciendo un frío tremendo acá, entonces cada subida o bajada del medio de transporte que sea significa ponerse o sacarse chaquetas, gorros, poner o sacar el forro del coche –con el plastiquito puesto no se puede guardar para meterlo a la maleta del auto-, etc., entonces no es una cosa muy agradable. Bueno, llegamos y fail número dos: el catamarán estaba partiendo…ahí, ante nuestros ojos. ¡Qué mala suerte! Si hubiéramos llegado dos minutos antes estaríamos arriba, pero ya, jodimos no más.

Eso significaba que íbamos a tener que esperar una hora y media para la salida del siguiente barco. Uffff. ¿Qué hacemos mientras tanto? Decidimos ir a un sector de Seúl muy conocido donde se ubican todas las tiendas caras. Gucci, Louis Vuitton, etc., pero no sólo tienditas, son edificios enteros de cada marca, enormes y con cosas con precios que ni siquiera puedo traspasar a pesos. Regio, pensé, vamos a shoppiniar y después al paseo. Wrong!

Compramos los tickets para asegurarnos de no volver y que la cuestión estuviera full vendida (lo que ya nos había pasado una vez) y nos volvimos a poner a la espera para un taxi. Transcurrieron cinco y después diez minutos y nada. Damn! Cristián me dijo que cruzáramos, porque al frente ya habían pasado dos autos desocupados. Al otro lado de la calle no tuvimos mucha más suerte. Obviamente apenas estábamos instalados vimos que justo en la esquina donde habíamos estado nosotros hasta hace un minuto había un radiante taxi desocupado, siendo ocupado por algún suertudo que acababa de llegar. ¡Maldición! Seguimos congelándonos un rato más hasta que tuvimos que volver a cruzar, porque definitivamente ahora todos los autos estaban andando por al frente. Uffff. OK, por fin nos logramos subir a un taxi y estábamos camino a esta zona de compras.

La verdad no teníamos muy claro donde quedaba el lugar mismo, pero no creímos que importara. Wrong again! Estuvimos nada más y nada menos que UNA HORA EN EL AUTO, metidos en una autopista, en el medio de un taco del infierno que no nos permitía bajarnos ni darnos la vuelta. ¿Resultado? No pudimos volver hasta el lugar del catamarán a tiempo, así que perdimos los tickets…y la luz de día. Intentamos llamar al número que aparecía en los boletos para preguntar si podíamos cambiar la fecha o algo, pero obviamente nadie nos contestó. A esa altura ya estaba de noche, con un frío del terror y Cristián con un ánimo que daban ganas de meterlo en una bolsita y tirarlo al río. Yo, contra todo pronóstico, me lo tomé con humor y no le di importancia. Que adulta ¿cierto?...pues no me duraría mucho.

Después de caminar un rato, ver carteras y joyas que valen más que mi auto y cosas así, llegamos a unas callecitas chicas con cosas más normales. Cristián se compró zapatos y mágicamente su ánimo volvió.  Ya eran cerca de las ocho de la noche y mi retoño tenía que comer, así que comenzamos a buscar restaurants occidentales por ahí. Nos imaginamos que debía haber varios, porque es una zona bien turística. En la mitad de la avenida –que era enorme- teníamos que decidir hacia dónde caminar. ¿Derecha o izquierda? Izquierda. Caminamos lo que parecieron siglos en estado de congelamiento y nada. Miles de lugares para comer, pero todos asiáticos y ya me tenían aburrida las verduritas con arroz. Además, Cristián había anunciado desde tempranito que él TENÍA que comer carne.

Ahí todo mi ánimo y buen humor anterior se empezó a desvanecer y comenzó a aflorar lo peor de mí. ¿Yo con frío, cansada y hambre?...ah no…mejor corra y escóndase.

Con cara de bottom empecé a presionar a Cristián para que “hiciéramos algo”, no sé qué esperaba, pero cuando estoy así siempre lo empujo a que solucione la cuestión, como sea (pobre), así que tomó una decisión. “Vámonos de acá, subámonos a un taxi y que nos lleve al tiro a Gangnam. Ahí sí que hay de todo y tenemos que llegar allá igual”. ¡TODA LA RAZÓN! Con razón me casé con este hombre, pensé.

Gangnam es un área muy taquilla de Seúl, donde se junta gente joven, que está llena de restaurants, cafés y tiendas…y justo es donde tenemos que tomar el bus para volver a Suwon. Habíamos decidido no tomar el tren esta vez para no tener que ir nuevamente a la estación. Estupendo…partimos.

Apenas nos subimos al taxi –luego de sacarnos las chaquetas y envoltorios varios por enésima vez en el día- Cristóbal empezó a pedir los “yams” (comida) y eso es una de las cosas que más nerviosa me pone. Mi hijo es cero hambriento, asique cuando pide comer es que de verdad está con la guata pegada a la espalda. Habíamos avanzado dos cuadras en el auto y vimos, uno al lado del otro, un Friday’s y un Bennigan’s. ¡Justo lo que andábamos buscando!...ahí nos dimos cuenta que antes habíamos caminado para el lado equivocado. Bueno, daba lo mismo, total ya estábamos en el taxi e íbamos a estar al frente de un bistoco in no time.

Llegamos a Gangnam y nuevamente emprendimos la caminata en búsqueda de comida. Caminamos harto rato por un lado de la avenida y nada. Todo lo que veíamos era oriental o pollo frito…algo que no le iba a dar a mi hijo como cena. Seguimos caminando y yo, ya con el nivel de tolerancia en menos mil, le pedí a Cristián que se olvidara de su carne y que comiéramos cualquier cuestión no más. Él, como es, dijo que nica, y que era “obvio” que íbamos a encontrar algo por ahí. Cruzamos la calle y empezamos a buscar por el otro lado. ¡NADA! No se veía nada decente. ¡Malditos pinchos cabrones! A la distancia Cristián juró que vio un cartel que decía “Brazil” o algo así…cruzamos NUEVAMENTE y empezamos a caminar hasta allá. ¡Ehhh! ¡Era cierto! Había un restaurant brasileño que estaba en el subterráneo de un edificio. La cuestión no tenía ascensor, así que tuvimos que bajar al Toti en el coche entre los dos, por la escalera. No importa, todo sea por por fin instalarnos. Me llamó la atención que nadie pareció pescarnos al entrar, y eso que acá son ultra buenos para “atender”, pero había una razón: ¡estaban cerrando! &%#//&#$#&t/!!!! Vuelta a acarrear el coche con Su Majestad a bordo, quien a todo esto seguía cada veinte segundos “mami, yams; mami, yams; mamiii, yams!!”. Ayyyyy!!! ¿Era sábado a las 9.20 de la noche y ya estaban cerrando??!!...para que vean lo “prendidos” que son acá…

Un par de cuadras más y llegamos a Ashley, un restaurant buffet occidental. ¡Matanga! Corrimos de felicidad, pero la tipa de la entrada nos frenó en seco, advirtiéndonos que eran las 9:30 y que el salad bar cerraba a las 10:00pm. ¡Nos da lo mismo! Con el hambre y lo chato que estábamos arrasaríamos con todo en cinco minutos, con suerte.

Nos instalamos y empezó el baile de platos. Ensaladas, camarones, pastas y choclos para el Toti (es como tonto para el choclo) ¡Que alegría! Cuando ya estábamos listos para los postres nos dimos cuenta que la niña se refería a que todo el buffet se cerraba a las diez. Eran las 10:01 y ya no había señas de que alguna vez hubo comida. Sacaron absolutamente todo y ni siquiera alcanzamos a tomarnos un café. Malditos puntuales de porquería.

Al final nos fuimos a instalar al paradero del bus para, de una vez, irnos a la casa…o al menos nos paramos en lo que creímos era el paradero. Por supuesto, y para seguir con la tónica de nuestro día, al momento de llegar a la esquina donde paran los buses JUSTO pasó el nuestro. Ufff. Ok, ya pasará el próximo. Como las avenidas son anchísimas y hay muchos recorridos que pasan por ahí hay paraderos en la vereda y en la berma del medio. Al llegar vimos pasar nuestro bus por el lado de la vereda. Le dije a Cristián, pero él insistió en que había que ponernos en la berma. Según él ahí es donde lo había tomado la última vez. OK…le creeré. “¿Estás seguro?” – “síiii, te digo que aquí lo tomé la semana pasada”, - “bueno, pero acabamos de ver que pasó por el otro lado”, - “pucha que eres porfiadaaaa, ¿quién es la perdía acá?” – (ahí me jode, porque claramente la que no tiene idea dónde está parada el 95% de las veces soy yo), pero igual repliqué: “¿entonces se supone que el bus cambió el recorrido?...porque ahora paró en el otro lado”, - “hazme caso, por favor…es por acá”. Ahí nos quedamos. Cristóbal estaba full energético, así que me puse a jugar con él, tapados como oso, tratando de entretenerlo cosa que no se tentara con tirarse a la calle. Mientras tanto Cristián haciéndose el “no inseguro” revisaba en el teléfono los recorridos de los buses y el cartel del paradero. En fin, pasó más de media hora y nada…hasta que…¡PASÓ EL BUS POR EL LADO QUE YO DECÍA! ¡Ayyyy! ¡¿Quién me pasa un hacha, por favor?! Nos corrimos y obvio ya estaba formadita la fila que esperaba la siguiente micro que necesitábamos…o sea, teníamos para quizás cuánto rato más, porque estos son buses que se van de corrido a Suwon, no paran, y es un trayecto de cerca de una hora, así que nadie se quiere ir parado. Y aunque quisiéramos nosotros no podemos por Cristóbal y porque andamos con coche.

No sé cómo la paz se apoderó de mí y no hice ni dije nada…me tragué el “TE LO DIJEEE!” porque la cara de amargura de mi marido me mostró que ya estaba teniendo suficiente castigo. Como la fila famosa era de una cuadra, aproximadamente, calculé que en unos tres buses más recién podríamos irnos sentados. ¿Qué hago mientras? Me salí de la fila, dejando a Cristián con el coche ahí, mientras yo jugaba en una escalerita con Cristóbal. Él, lindo, estaba chocho subiendo y bajando peldaños, saludando a los transeúntes hasta que…puaf! Guaaaaa!!!! Se sacó la cresta y media, cayendo de boca en la vereda. Lo recogí y empecé a consolar cuando me di cuenta que estaba sangrando como loco. ¡Horror! Según yo que se había volado un diente porque la sangre era tanta que no se la podía tragar, la escupía. Puaj!. Muerta de nervio recogí a Toti, bolsas, cartera, etc., y empecé a caminar con el niño sangrante en búsqueda del papá. Un poco más allá, en la fila, estaba Cristián. Vio a Cristóbal lleno de sangre y me dice: “mala cueva…nos vamos en taxi”.

Cinco taxis en total, treinta lucas en tickets botadas a la basura, dos horas arriba de un taxi y al menos otras dos de espera fue el balance del día. Cerca de las 11:30 de la noche llegamos a la casa, sintiéndonos derrotados por el destino y la mala suerte, pero aliviados de que al menos todos los dientes del Toti seguían ahí…

viernes, 4 de noviembre de 2011

Porque no todo es miel sobre ojuelas

Desde que llegué le he encontrado miles de cosas buenas a Corea. Estoy contenta de estar acá y de poder vivir esta experiencia, pero…¡pucha que son raros estos gallos a veces!

Hace unos días mi lindo marido cumplió 32 años. Para celebrar nos regalamos unos días en un resort de invierno que queda a un par de horas de Suwon. Es un lugar muy chori, que tiene convenio con Samsung así que, además, es barato para nosotros.

Cristóbal había pasado los últimos días súper enfermo, por lo que dudamos un poco si ir o no, pero al final decidimos partir no más. Total, si iba a estar afiebrado lo íbamos a pasar mal donde estuviéramos y la reserva ya estaba confirmada.

Cristián arrendó un auto y luego de unas explicaciones acerca de cómo usar el navegador, estábamos on our way. La maquinita esta es es-pec-ta-cu-lar. Le programas la dirección a la que vas y te hace un mapa con indicaciones de cómo llegar. Pero no es sólo una flecha ordinaria moviéndose, no, la cosa te habla y te avisa de precauciones en el camino –careful with falling rock- por ejemplo, los límites de velocidad, te dice que viene un peaje y cuánto es el monto a pagar, entre otras cosas. ¡Maravilloso!

Con esto no nos costó nada llegar, y eso que las carreteras acá son enfermas de enredadas, atiborradas de carteles que obviamente no entendemos. ¡Con razón absolutamente TODO el mundo tiene uno en el auto acá!

Llevábamos una media hora de camino, Cristóbal dormía atrás, y ya habíamos alabado el invento este durante largos minutos. Luego, un momento de silencio y…”¡maldita máquina!”. Pucha, es demasiado útil, pero ¡aburre! Se trata de un parloteo constante que dice “En 700 metros el límite de velocidad es de 100 kilómetros por hora”, perfecto, pero a los veinte segundos…”En 400 metros el límite de velocidad es de 100 kilómetros por hora”, para luego: “En instantes el límite de velocidad es de 100 kilómetros por hora” y todo esto acompañado de un incesante pito de alarma y la pantalla iluminándose y apagándose al ritmo del mismo. El show dura hasta que bajes la velocidad. Después te advierte que el camino tiene curvas, que hay peligro de rocas cayendo, que una próxima curva es pronunciada, que vienen lomos de toro, etc. y cuando no tiene nada que advertirte te dice: “Maneje con precaución”. Uffff!!!

Obviamente cero posibilidad de ir cantando en el auto, comentando el paisaje o cosas así. Tienes que ir mega atento a que, entre tanta cháchara, no se te pase justo el comentario útil que te avisa que hay que tomar una salida de la autopista.

Bueno, tras un par de horas de tortura habíamos llegado. El lugar era enorme, con hotel,  condominios, restaurants, un parque acuático enorme y miles de cosas más. Nosotros nos íbamos a quedar en uno de los condominios porque el hotel no tenía reservas –“maldición, tendré que seguir haciendo camas”, pensé-, pero bueno…peor es mascar lauchas.
Phoenix Park. Acá van a ser los JJOO de invierno en 2018

El departamentito era lindo, chiquitito, pero “monono” como se dice por ahí. Dos piezas, pero sólo una con camas gemelas (cueck) y cuatro colchonetitas coreanas con sus respectivos plumones por si alguien quisiera dormir en el suelo. -“Partiste, Cristóbal”.

Corea 1 – Pía 0

El niñito este seguía pata de laucha, así que la primera noche fue del terror. Llegamos, comimos y de vuelta a la pieza. Mientras buscábamos dónde comer me di cuenta de otra cosa: los empleados del lugar no le pegan al ‘inglich’. Estuvimos harto rato tratando que nos dijeran qué restaurants había en el complejo y qué estilo eran, pero no hubo caso. Terminamos yendo al hotel, pero no tenía ni un brillo.

Me extraña mucho que en un lugar que obviamente es turístico no contraten a alguien que hable inglés, o no tengan panfletos con la información obvia necesaria al menos…

Corea 2 – Pía 0

El Toti había dormido harto en el auto, así que no hubo caso que se durmiera temprano y, para rematar, se estaba volando en fiebre de nuevo. Más de 40 grados había sido la tónica los últimos tres días, así que mi aguante a esa altura era nulo. Le enchufé el remedio mágico y se empezó a recuperar.

Cuando finalmente cayó en los brazos de Morfeo era casi la una de la mañana y yo, hecha leña, partí a acostarme. Deseosa de caer en coma profundo (#planta) llego a la pieza y Cristián me dice con cara de ass: “prepárate, las camas son una tortura”. NOOOOO!! ¡Mi peor pesadilla hecha realidad! Inocente yo, creí que eso iba a ser lo peor de mi noche…

Tratando de hacer el menor ruido posible empezamos a sacar colchonetitas del closet para ponerlas arriba del “colchón”. Yo figuraba odiando a todo el mundo, especialmente al lado asiático, por su afán de dormir al estilo “pagando mandas”. ¿Quién cresta puede descansar así? ¿Esta gente del hotel no se da cuenta que acá vienen turistas con espaldas de humano que no aguantan ese nivel de incomodidad? Valor, Lord.


Pero la verdadera guinda de la torta llegó un par de horas después –literalmente DOS horas después- cuando Cristóbal se despertó llorando. Seguía sintiéndose mal, así que lo pasé para mi cama (de una plaza by the way). Incómoda a más no poder, con un niñito hirviendo y lloroso al lado mío, traté de seguir durmiendo. Estaba casi casi cuando…¡PAF! ¡Cristóbal se cayó de la cama! Llanterío de locos y Cristián retándome por “cómo se me había caído”. Grrr. Al final me fui a la cama/suelo con el nene para evitar nuevos accidentes. Mala idea. Si bien no se cayó más (obviamente) me pateó como quiso y cada quince minutos más o menos se pegaba una llorada grande. Hasta Cristián estaba histérico – y eso que él casi nunca lo “siente” (¬¬). En fin…la cosa es que no dormí nada.

Al otro día todas mis esperanzas estaban puestas en lo que LEJOS más me gusta de salir de paseo: ¡los desayunos de hotel! Llegamos al buffet y…¡desilusión! La cuestión era desayuno coreano, con muy pocas cosas de nuestro estilo. Sí había kilos de arroz, sopas, dumplings, algas con soya, etc. ¡Pucha la cuestión! Un par de miserables tostadas con huevo revuelto y una media luna fue lo que conseguí.

Corea 3 – Pía 0

Como mi retoño seguía debilucho estuvo todo el día “palito con caca”. O sea, no había por dónde agarrarlo. ¡Pesado el cabrito! Y más encima Cristián fatalista diciéndome que le había vuelto la ‘maña’ que me tuvo al borde del suicidio hace un par de meses.
Una muestra de su llanto

Al final nos instalamos traje de baño ya partimos al parque acuático in door del lugar. Era exquisito, pero todo fue un show. Cristóbal lloraba porque no se quería sacar la ropa, después lloraba porque no quería meterse al agua y después lloraba porque no quería salirse. Ufffffffff. Paciencia, ¡ven a mí!

Feliz me hubiera quedado mucho más rato, pero de verdad era medio imposible con Cristóbal tan pesote, asique nos fuimos más o menos luego. Cristián, por su lado, con la cara larga porque ese era el día de su cumpleaños y no se lo estábamos respetando…

En la noche salimos a mirar más restaurantes, pero no hubo caso. Todo es coreano. De verdad que no entiendo cómo es que sólo comen su comida. ¿En Chile hay puros restaurants con empanadas y pasteles de choclo? ¡No poh!, pero acá sí. Todo es comida típica de ellos y está siempre lleno. El único occidental era el del hotel al que habíamos ido el día anterior y que era más fome que chupar un clavo. Las otras opciones eran pizza (sólo para llevar) y pollo en salsa BBQ. Todo “asiaticado”, obviamente, así que mega picante. El pollo era incomible, de hecho.

Desde la casa llevamos una torta para cantarle a Cristián y cuando estábamos preparando todo, sorpresa nuevamente: en la cocina no hay cuchillos ni tenedores. Sólo palitos chinos y cucharas.

Corea 4 – Pía 0

Los 32!


En la mañana decidimos no ir al desayuno de abajo. Para qué si total teníamos cocina con varias cosas bastantes más ricas que las de ellos. Habíamos planeado ir de paseo a unas playas cercanas, así que había que levantarse luego. El Toti POR FIN estaba bien.

Entré rauda a la ducha –el día anterior nos habíamos bañado en el mismo parque acuático- y oh, nuevamente sorpresa: hay sólo toallas de mano. Llamé a la recepción y al parecer algo me entendieron porque enviaron a alguien al tiro. Lamentablemente venía con las mismas mini toallitas de mano que ya teníamos. Los coreanos no usan toallas grandes, pero again mi furia se gatilla porque ¡¿cómo no piensan en los turistas?!
Corea 5 – Pía 0


Ese día de paseo fue exquisito. El clima estuvo increíble, Cristóbal feliz, todo bien. Como era día de semana la playa estaba desierta, enterita para nosotros, todo un lujo en Corea. Encontramos un restaurant italiano para almorzar. Cristián pidió rissotto y yo lasaña. Desde que llegamos, cada vez que pedimos pasta lo único que ofrecen es tallarines. No se ven ñoquis ni raviolis por ninguna parte y acá por fin había algo distinto. Llegó la lasaña y, obvio, la habían echado a perder. Calculo que le pusieron medio kilo de pimienta más o menos porque era intragable, cero sabor a lasaña. ¡Grrrr! ¡Qué rabia! ¡Coreanos desgraciados con su paladar y sus espaldas extrañas!

Corea 6 – Pía 0
Mi ninja

Al otro día ya era hora de irse. Guardamos todo y nos fuimos nuevamente de paseo…había que aprovechar el auto. Usando la maquinita navegadora llegamos a un lugar que por fuera no parecía tener ni un brillo, pero que terminó siendo bello. Una isla artificial de cinco kilómetros de diámetro en medio de un lago precioso, llena de árboles y animalitos. Lindo, lindo. Había miles de cosas que hacer para los niños, miles, y los paisajes y vistas eran maravillosas. Lo pasamos súper y volvimos a la casa con una sensación muy rica. Todo lo malo que pasamos se borró ese día.


Ya en la casa me puse a desarmar la maleta y ¡oh, sorpresa! Ahí estaban las dos toallas de mano que me “traje sin querer” del resort. No iba a dejar que me dieran la paliza así como así…

Corea 6 – Pía 1 J

domingo, 16 de octubre de 2011

La triste realidad

Uno o dos meses antes de irme de Chile noté un cambio en mí. Misteriosamente varios de mis pantalones decidieron achicarse al mismo tiempo y las cámaras hicieron un complot para hacer que me viera patética en cada foto que me tomaban. Como es lógico me hice la loca, pero al llegar a Corea y encontrarme con espantosas temperaturas veraniegas no me quedó otra que hacerme cargo y reconocerlo…¡estoy gorda!

En general mi cuerpo no varía mucho de peso. Creo. La verdad es que jamás me peso, pero me imagino que subo un par de kilitos más en invierno y los bajo, sin esfuerzo de mi parte, durante el verano. Jamás he sido de esas flacas envidiadas ni mucho menos, pero sí tenía la suerte de comer TODO lo que quería –literalmente- sin culpa. Mis amigas me decían barril sin fondo y mi papá bromeaba con que yo comía como camionero.

Hace dos años fui mamá, pero no le puedo echar la culpa al embarazo. Después de que nació Cristóbal me demoré sólo ocho días en volver a mi peso y todo gracias a mi súper mega ultra potente leche que, según la pediatra, era más bien leche condensada. Full grasa traspasada a mi hijo…una liposucción gratis que duró siete meses. ¡Maravilloso! Pero lamentablemente todo cambió con la llegada de los malditos treinta.

Llegamos acá a fines de julio, época peak del invierno chileno, con un envidiable color verde palta y no sólo un par de kilitos de más. CINCO KILOTES EXTRA que quedaron en evidencia en la evaluación del gimnasio y que me tienen en el peor momento –físicamente hablando- de mi historia. ¡Por Dios que se notan cinco kilos! ¿Y ahora, quién podrá ayudarme? No tengo idea cómo se hace una dieta, jamás he intentado limitar lo que como y la verdad es que la sola idea me parece una tortura. Nooooo!!!

No fumo y jamás tomo alcohol, por lo que comer es mi único vicio. ¿Tendré que privarme del pan con mantequilla, las donas, los postres, tallarines, crema, etc.? ¡Sufro con sólo pensarlo!…Y como me conozco opté por incrementar la actividad física más que restringir las calorías. Así me doy a mí misma algo que hacer mientras recupero, en lo posible, algo de mi cuerpo juvenil.

Llevo casi dos meses yendo tres veces a la semana al gimnasio. Troto y hago yoga, nada más, porque odio las máquinas y porque no estoy dispuesta a hacer step con la música que ponen ni a caer muerta sobre una fría baldosa debido a una clase de spinning…no, aún me falta mucho para eso.  Los resultados hasta ahora son…NULOS. No me he pesado ni nada, pero la ropa me queda igual de apretada y me sigo viendo patética en las fotos. Brazos que parecen piernas, poto que parece un hermano siamés no desarrollado y cara con los cachetes más gordos que Cristóbal. ¡¿Qué onda?! ¿Deberé seguir culpando a la persona que toma la foto o qué? No tengo idea cuánto uno debiera demorarse en ver resultados, pero claramente es más de lo que pensé. Yo me imaginaba que a esta altura habría bajado un par de kilitos al menos, pero na’ ni na’.

No me queda otra más que empezar a cerrar la boquita, pero es que es tan difícillll!! Acá salimos a comer todos los fines de semana, almuerzo y comida, y obvio que no me voy a pedir una ensalada, poh!. Durante la semana comemos bien normal, comida típica que no debiera ser la causante de mi morbidez, así que culpo a los restaurantes de tenedor libre que en Corea son buenísimos y baratos, a la repostería maravillosa que tienen, a Baskin Robbins (una heladería de-li-cio-sa) y a los mockaccinos que me tomo cuando salimos a pasear…pero sobre todo CULPO A LA MALDITA DE MI EX NANA, que me daba “tecito” cuando llegaba de la pega –tipo cinco de la tarde- que incluía marraqueta con mantequilla y palta y la infaltable sopaipilla con mermelada. ¡y a las ocho estaba comiendo tallarines con salsa!. ¡La odio! ¿Cómo no me di cuenta que la tontona me tenía en plan de engorda? Claramente me detestaba y tenía un plan para deshacerse de mí, lentamente, mordisco a mordisco.

Una duda constante que tenemos con Cristián es cómo cresta lo hacen los coreanos para ser tan flacos. Todos son escuálidos y eso que su comida es bien grasienta, con mucha fritura, mucho tocino y supermercados atiborrados de comida chatarra. Debe ser la raza, creo yo…o el estrés…

Bueno, ahora nada que hacer. Obligada a cerrar el ‘hoci’ y a seguir yendo al templo de la piluchez. Menos mal que acá ya está haciendo frío así que nadie más que yo debe ver mi fofedad ni cúmulos adiposos.  Espero que para cuando haya que empezar a sacarse la ropita de nuevo haya logrado algún cambio que me permita, al menos, no ser la más gorda del condominio. A esta altura con eso me conformo.

Hay dos cosas que me suben el ánimo, eso sí. Una es que al menos tengo la nariz respingada y los ojos gigantes, por lo que acá soy la envidia de todo el mundo; y la otra es que cuando volvamos a Chile será invierno nuevamente así que si no bajo ni medio gramo al menos tendré un par de meses para seguir ocultando mi triste realidad.

viernes, 14 de octubre de 2011

Educación, cacerolazos, niños, vida...

Cuando me meto al computador a ver los diarios de Chile lo único que veo es “Camila Vallejo…”. Al venirme a Corea Camila Vallejo ni existía en el mapa, pero ahora, a menos de tres meses, me entero que tiene su propia aplicación para Smartphone, que está en París, que pololea, que le dio alergia una molotov y que incluso la están postulando como candidata presidencial.

La verdad es que, a pesar de ser periodista, leo poco y nada acerca de actualidad. Sé que son temas importantes y que muchas veces marcan lo que somos como personas y sociedad, pero ME DA LATAAAAA. Encuentro tan re fome escuchar y leer una y otra vez el mismo baile entre los “fachos” y los “comunachos”, que los derechos del pueblo, que los subversivos, etc. Sorry, pero de verdad me supera. Me enferma saber que miles de millones se están desperdiciando porque resulta que cada fin de semana hay que arreglar destrozos. Me da pena pensar en las personas de esfuerzo que ven como les destruyen sus kioscos, autos, plazas…como si fueran tan fáciles de recuperar. Y lo peor de todo es que los ‘vaca’ que hacen esas cosas se camuflan entre verdaderos ciudadanos con una legítima demanda: educación de calidad.

Al menos a mí, toda la parafernalia e incesante tratamiento de esos temas en los medios me transforma en una preocupada, pero impávida espectadora.

Debido a la misma actualidad nacional hace un par de semanas Fernando Paulsen twitteó un link en el que se hablaba de Corea del Sur como ejemplo de sistema educativo. El artículo mostraba impresionantes resultados de los estudiantes coreanos, explicaba que el profesor era un profesional altamente valorado que recibía como sueldo promedio cinco veces más que uno en Chile, daba luces de cada paso que había dado el Estado para lograr, en menos de treinta años, pasar de una realidad como la de la actual Bolivia a la de un país desarrollado. También se detallaba el riguroso plan de este país para continuar mejorando.

Quedé chocha. Toda la idea que yo me había hecho de lo perfeccionista y trabajadores que son los coreanos tomaba aún más fuerza al leer estos datos. A la primera oportunidad que tuve comenté el artículo con una amiga de acá, subrayándole el hecho que estaban siendo considerados como un ejemplo para nuestro país, pero parece que es cierto eso que dicen que el pasto de al lado es siempre más verde.

De partida olvídense de gratuidad o equidad. Acá la educación se paga y es cara. Muy cara. Con cifras impensadas para nuestra realidad chilena. Al igual que allá, en Corea existe educación gratis, garantizada, pero eso no quiere decir que sea buena.

Coincidentemente todas las amigas que me he hecho –que no se conocen entre ellas, by the way- encontraron bastante increíble que se mencione a Corea como un ejemplo en educación. Efectivamente están conscientes que hay colegios y universidades excelentes, pero concuerdan en que para que sus hijos puedan acceder a ellas hay que prepararse desde ya para pagar el precio.

Está claro que Corea ha crecido muchísimo. En sólo un par de décadas ha logrado lo que otros países sólo sueñan. Como he dicho antes, el lugar es un ejemplo de orden, limpieza y seguridad, pero como en todo hay un costo implicado que muchas veces pasa desapercibido entre nosotros, los “admiradores” del modelo.

Férrea competencia, presión ejercida desde todos los ángulos –colegio, casa, sociedad, amigos, etc.- es el día a día de un joven coreano. El país es chico y hay, literalmente, millones de otros como tú que pueden hacer lo mismo que tú, incluso mejor que tú, si es que no te esfuerzas por sobresalir.

Un niño coreano pasa –según mis amigas al menos- un promedio de once horas diarias estudiando. El colegio dura hasta las tres de la tarde, pero después deben ir al instituto de inglés, luego al de matemáticas y para terminar el día, al de música. Además, la mayoría de los colegios ofrece clases de reforzamiento los sábados, e incluso algunos hacen las pruebas durante los fines de semana para así no perder “hora/clase” en la semana. Salir un sábado a la hora de almuerzo es sinónimo de encontrarse con cientos de niños (adolescentes sobre todo) con uniforme, saliendo o entrando a clases.

Sábado al medio día...

Esta realidad es tan así, tan dura, que una amiga y su marido ya decidieron que no estaban dispuestos a someter a sus hijos –niñito de 2 años y guagua de 8 meses- a esa vida. Planean trabajar y ahorrar durante los próximos cinco años para así poder ir y radicarse en Canadá hasta que la menor termine el colegio. Ahí cada niño podrá decidir si se queda allá o si vuelve a Corea con sus papás. Impactante, ¿verdad?

Cuando me comentó su plan, lo primero que atiné fue a preguntar: “¿y por qué no quedarse acá y sencillamente no entrar al círculo de presión?” La respuesta fue sencilla: “porque si mis hijos no son parte de ese mundo, sencillamente no existirán. No hay vida social para los niños que no sea creada en los institutos post colegio. Nunca van a poder invitar a un amigo a la casa, porque sus amigos tendrán clases, nunca serán invitados tampoco…ni siquiera los fines de semana”. PLOP

La gente que me rodea no es rica ni pobre. Por lo general son familias con ambos padres profesionales, pero sólo un ingreso, ya que la mamá se encarga de la casa.

Otra amiga que vive en el mismo edificio que yo -cuyo marido es ingeniero de Samsung- esta aterrada de pensar que su hijo deberá ir al colegio en un par de años. Me decía que la plata les alcanza justo. Por supuesto el sueldo del marido no es malo, más bien bueno, pero sólo en pagar el dividendo se gastan la mitad. Las casas acá son carísimas. De hecho el departamento en el que estamos nosotros, que es muy cómodo, pero ninguna maravilla, cuesta unos US$400.000 ¡CASI MEDIO MILLÓN DE DÓLARES! …y eso que estamos en Suwon, una ciudad mucho más barata que Seúl. Con el otro 50% pagan todo lo demás, pero igual no pueden enviar a su único hijo  –de dos años- al jardín. Ese gasto se lo preferían ahorrar por ahora.

Una conocida del gimnasio con la que he salido a almorzar un par de veces me decía que la presión es enorme. Ella tiene dos hijas, de 12 y 10 años, las que según ella se quejan constantemente porque encuentran que les exigen demasiado.

Conversar con esta niña (que no es tan niña) ha sido bien impactante. Hasta ahora se ha mandado varios comentarios que me han parecido fuertes y sinceros, verdaderas muestras de la sociedad coreana. Uno de esos fue que cuando sus hijas se quejan porque ella les exige mucho ella siente que es ella la presionada, por ser una mamá perfecta, por tener hijas perfectas, etc. Literalmente me dijo que estaba “al límite” y que a veces sentía ganas de saltar a un precipicio…esa onda. Otra cosa que me impactó fue que me mencionó que durante los últimos dos años no ha visto mucho a sus hijas. Yo me imaginé que ella había vuelto a trabajar o algo así, pero la razón era otra: las niñas estaban muy ocupadas. PLOP. Pero sin duda lo que más me impresionó fue que me dijo -muy tranquilamente- que últimamente se ha comenzado a cuestionar su visión frente al futuro de sus hijas. Según ella durante sus primeros años como mamá su única preocupación era hacer bien todo lo que estuviera en sus manos para que a las niñas les fuera bien, que estudiaran una buena carrera, en una buena universidad y que consiguieran un buen trabajo. Me confesó que jamás se le pasó por la cabeza que la idea era que fueran felices primero. JAMÁS LO PENSÓ. Ella sentía que su deber era prepararlas para el mundo laboral, pero ahora que las niñas están entrando a la adolescencia y se estaban rebelando un poco se daba cuenta que debió haber sido más cariñosa, más cercana a sus sentimientos… lamentablemente también cree que ya es tarde para cambiar.

Actualmente el 70% de los jóvenes coreanos llega a la educación superior. La valoración por las carreras profesionales es tan grande que realmente no me imagino qué va a pasar en un par de décadas más. ¿Tendrán médicos lavando autos, dentistas arreglando refrigeradores o algo así? Hay limitados puestos de trabajo para limitada cantidad de profesionales y lamentablemente nadie quiere estar en la mitad de la pirámide.
Corea tiene excelentes indicadores, cifras que muestran éxito, logro y bastante más igualdad que la que tenemos nosotros, pero me da la impresión que hay un factor importante que esos balances no muestran...la satisfacción y felicidad de su gente.

De verdad que me alegro de no estar en los pantalones de quienes tienen que tomar decisiones tan importantes como qué hacemos con la educación en el país. Hay tantísimos factores que analizar y sopesar, y todos ellos son presentados por personas que ven las cosas bajo su propio prisma, con sus propias experiencias y valores. Ufff, me muero.

Termino de escribir esto con una sensación de tristeza. No sé qué pasará en Chile, no sé qué quiero que pase, no me atrevo ni siquiera a opinar porque, como dije, sé poco y nada como para hacerlo, pero si sé que quiero justicia, quiero que la gente sienta que tiene posibilidades de surgir y quiero vivir en un país en paz, que mira al futuro, aprendiendo del pasado.

Dios quiera que todo se solucione pronto. Que los alumnos dejen de perder clases y que se termine esta separación tan grande en Chile que se siente hasta en el otro lado del mundo.

…igual no sería malo volver y no tener que preocuparme de pagarle el colegio a Cristóbal.
Si quieren leer el artículo que twitteó Paulsen, aquí está el link http://elpost.cl/content/aprender-de-corea-del-sur

viernes, 30 de septiembre de 2011

Madre hay una sola

Hay dos cosas muuuuy extrañas que no sé por qué se me olvidó mencionar antes. En Corea incluyen el año del embarazo como edad de la persona, por lo que acá mi hijo no tiene un año, sino tres. Se cuenta el 2009 (año en que nació), 2010 y 2011. Por lo mismo yo acá tengo 31 y no mis dulces y primaverales 30 como en occidente. El otro día le dije a alguien que mi guagua tenía un año y pensó que era recién nacido. Raro, ¿cierto?

Lo otro es que lo normal en Corea es que los papás duerman con sus hijos hasta que los niños tienen unos 6 ó 7 años. Duermen todos juntos, en familia, aunque haya tres niños en el medio. Otra cosa que sería mega extraño para nosotros, pero que está muy arraigado en esta cultura.

El otro día fui a almorzar con dos vecinas del condominio que tienen hijos como de la edad del mío. Súper amorosas ellas. Conversamos mucho acerca de estas diferencias culturales y las dos me decían que envidiaban nuestro sistema, que les encantaría poder “desprenderse” así de sus hijos, pero que era imposible. Me comentaban que no soportan escuchar llorar a sus niños y que les simplifica la vida tenerlos al lado durante la noche. Además, decían que aunque intentaran dejarlos llorar unos minutos en el colche, por ejemplo, no podían porque sabían que iban a ser fuertemente juzgadas por los demás. Acá no es bien visto que dejes llorando a tu hijo, aunque sea una simple mañana que se le va a pasar en unos minutos. Con razón todos me hablan y seudo gritonean cuando reto al Toti en público…

Caminando hacia el restaurant la hija de ocho meses de una de ellas se quejó. No alcanzó a ser llanto, pero se notaba que no quería estar en el coche. La mamá paró, se puso el “canguro” y puso a la guagua ahí. La movía y trataba de consolar como si la niñita estuviera sufriendo. Se notaba que estaba estresada al no poder calmarla de inmediato. Me pedía disculpas por el ruido y me decía que no sabía qué hacer. Mientras tanto la amiga sacaba el chupete y se lo trataba de poner a la guagua. Cuando la niñita no lo quiso trató de ayudar ofreciéndole una galleta…A mí la verdad me daba lo mismo la queja de la guagua. Los niños son así, llorar es la única forma que tienen de expresarse y eso no quiere decir que vayan a estar traumados después. Al final tanto nerviosismo de la mamá y de la otra mujer fue lo que más me incomodó.

Es increíble la entrega que estas mamás tienen hacia sus niños. La gran mayoría son mujeres profesionales, muy bien educadas, pero que al convertirse en mamás dejan de lado sus carreras para ser dueñas de casa 24/7. ¿Por qué? Primero porque así han sido las cosas siempre, están acostumbradas, y segundo porque las niñeras son extremadamente caras y muy pocos jardines aceptan niños de meses. El gobierno tampoco ofrece guarderías. En pocas palabras quedan con las manos atadas si es que no tienen algún familiar que las ayude.

En la plaza me llama la atención verlas tan tranquilas. Jamás he escuchado a alguna pegarle un grito a sus niños, menos un zamarreo ni nada parecido. Mi voz es la única que se escucha –casi- aparte de la de los niños.

Las mamás son muy unidas entre ellas, comparten todo, juguetes, cosas para comer e incluso el cuidado de los niños en los juegos. De hecho a veces es difícil distinguir quién es la mamá de quién porque todas cuidan a todos. Desde afuera parece tan natural, tan bien asumido este sacrificio que hacen día a día por ellos, pero al conocer a la gente un poquito más de cerca te das cuenta que es una carga que han aprendido a llevar, pero que les encantaría dejar de lado.

Me he hecho bien amiga de una coreana que tiene dos hijos. El mayor es más chico que Cristóbal y la guagua tiene recién tres meses. Ella es la única coreana que he conocido, con hijos, que trabaja. Me decía que durante mucho tiempo pensó en renunciar, ya que pagar el jardín de su hijo más la nana para su guagua era casi equivalente a su sueldo -la eterna disyuntiva-, pero que al final había decidido “aguantar” estos tres años difíciles que le iban a tocar con tal de mantener un trabajo que le diera posibilidades de ascender. Según ella muchas de sus amigas que han renunciado para cuidar a sus familias tratan de volver al mundo laboral después de un tiempo, pero es simplemente imposible. Al parecer no se perdona el “abandono”, por lo que las mujeres quedan destinadas a trabajos de poca responsabilidad, con poco sueldo.

Ella tiene una buena pega. Vivió en Estados Unidos por unos años y si bien su mentalidad está más occidentalizada que la del resto, igual se nota la culpa en sus palabras cuando trata de explicar por qué sigue trabajando. Sacando las cuentas se gasta cerca de un millón de pesos chilenos al mes sólo en el cuidado de sus hijos. Setecientos mil van directo a la nana.

En Chile, al menos en apariencia, ‘la tenemos’ más fácil. Las nanas son más baratas, la vida en general también y, bueno o no, al menos existe un sistema de jardines y salas cuna que nos da la posibilidad de trabajar sin que nuestros hijos queden descuidados. Sin embrago la eterna pregunta persiste: ¿vale la pena trabajar fuera de la casa para llegar a las 7 u 8pm, dar comida, bañar y acostar a los niños, día tras día, sin siquiera tener la energía para jugar un rato con ellos?, ¿o para escucharlos?, ¿o enseñarles algo?. ¿Es esa la mamá que queremos que nuestros hijos recuerden cuando sean grande? Me atormenta pensar que en el futuro mi hijo pueda criticarme por haber sido una mamá fome o amargada...que sienta que no lo disfruté...o peor aún, que yo crea que no lo hice.

Al pensar en esto me doy una vez más con la nunca bien ponderada roca en los dientes por la oportunidad que estoy teniendo ahora. Tengo la posibilidad de mandar a mi hijo a un buen jardín, donde creo está seguro y estimulado, y además tengo tiempo y energía para hacerle comida, sacarlo a pasear y jugar con él.

Finalmente me queda claro que ningún sistema es perfecto. Creo que las mujeres estamos destinadas –o programadas quizá- a sentir culpa hagamos lo que hagamos. “Show me a woman without guilt and I will show you a man” leí por ahí…



viernes, 23 de septiembre de 2011

Let's get physical

Al lado de mi casa, justo al lado, hay un tremendo gimnasio. Se llama Top Fitnesss y desde que llegué me cierra el ojo…

Hace más de diez años que no había puesto un pié en uno de esos lugares, pero qué mejor oportunidad que esta para comenzar una nueva adicción. Mi secreto deseo era que, gracias a una iluminación divina, mi cuerpo y mente se enamoraran de una rutina deportiva cosa de hacerme dependiente y, por ende, mina, mina. Lamentablemente no creo que me esté funcionando mucho.

El gimnasio es enorme, súper moderno, con muchas máquinas nuevas, teles, salones para spinning, yoga y esas cosas, y baños con camarines tremendos. Me di una vuelta loca, haciéndome la que sabía lo que estaba haciendo, y me inscribí por tres meses. Suficiente tiempo como para “enamorarme”, pero no demasiado como para perder plata como loca en caso que mi nueva relación no se diera como esperaba.

El primer día te dan una tarjetita y hacen una evaluación. En mi caso no tenía mucho sentido porque no les entiendo ni una cuestión a los entrenadores, pero al menos vería mi triste realidad en números. Y ‘oh my God’ que fue triste. Cincuenta y nueve kilos. ¡Cincuenta y nueve! ¡Eso pesaba cuando tenía casi cinco meses de embarazo!

El profesor que me evaluó no hablaba ni una palabra de inglés, pero tratando de explicarme el resultado de la medición –te paras en una maquinita con las piernas y brazos abiertos y te hacen una especie de scanner con todo tipo de índices- logró decirme una frase para el bronce “you: no muscle” y después una segunda revelación, “you: too much fat”. ¡Fantástico!

Con el ego por el suelo cumplí con todo lo que este joven me dio como tarea para el día: unas flexiones de piernas del terror, otros ejercicios de máquinas y cuarenta minutos de caminata rápida. Después de esa seudo-masacre llegué a mi casa arrastrándome, con las piernas tiritonas, sintiendo cada una de esas células adiposas de más. Pero al otro día estaba de vuelta.

Entré a una clase de yoga esta vez. ¡Qué espanto! ¡No puedo hacer nada! Soy hiperlaxa y por ende debiera ser ultra flexible, pero me sentí embalsamada. Realmente pasan la cuenta los años y la falta de movimiento. Al menos lo pasé bien esta vez, incluyendo la caída que me pegué tratando de mantener el equilibrio en una pierna. Después de esa clase entré por primera vez al camarín.

No puedo expresar mi sorpresa. La cuestión era enorme, doscientos lockers, espejos y pesas por doquier, pero lejos lo más impactante es que habían unas cuarenta mujeres adentro, piluchas de pié a cabeza, conversando, pintándose, secándose el pelo, así…como si nada. ¡Cero pudor! ¡¿No les gustan las toallas tampoco qe nadie las usa?!

Algunas estaban medio vestidas, pero no la parte obvia que uno primero se tapa, no. Ellas estaban a ‘poto pelao’, pero con una bella blusa y pelo perfectamente peinado. ¡Nadie puede! Como yo soy yo lo primero que noté fue que, si bien son extremadamente preocupadas por la higiene y la apariencia, al parecer no pasa lo mismo con la depilación. O sea…NI AHÍ CON LA DEPILACIÓN. Y a nadie parece importarle.

Una extraña sensación entre rabia por tener que estar mirando potos ajenos que no quería mirar, vergüenza y una necesidad imperiosa de sacar fotos se adueñaron de mi. ¡Necesitaba mostrarle eso al mundo para que se rieran y sorprendieran conmigo! De verdad estuve a un segundo de sacar el celular para inmortalizar la imagen, pero al final me arrepentí. Quizá las piluchas se dan cuenta y me atacan todas juntas con su humedad, pelos y rollos de por medio…no, mejor no.

Si bien la primera impresión fue grande, NADA me preparó para lo que vi después.

Al llegar al gimnasio te pasan una pulsera con un número que tiene una especie de imán que abre el locker. Un día ‘x’ me tocó uno de los primeros y eso me dejó al lado de los espejos y lavamanos. Y ahí, pasando casi desapercibida, figuraba una puerta enorme de vidrio que no había visto antes. Detrás de ella una sala gigantesca con duchas y dos enormes jacuzzis. Y cuando digo enormes me refiero a que caben unas cuarenta o cincuenta personas en cada uno, fácil.

Vapor por doquier saliendo de maquinitas en cada esquina de la habitación y decenas de mujeres de todas las edades bañándose juntas, piluchitas, en esos jacuzzis. Otra decena –por lo bajo- se duchaba mientras tanto. Me imagino que para los hombres la escena podría parecer casi erótica, pero para nada. Se tratan como madres e hijas, con una naturalidad tremenda, mientras lo único que cruza mi mente es: “¡qué asco esa agua!” Diez mil potos transpirados juntos al mismo tiempo…¡guáchila!

La ducha no es mucho mejor en todo caso. No se trata de las duchas que nosotros conocemos, individuales, con cortinas y altas cosa de bañarse paradas. No, acá el agua sale a la altura de la cadera, entonces las mujeres se sientan en unas banquitas plásticas enanas, mirando el chorro, con las piernas bien abiertas -cosa que el chorrito caiga donde tiene que caer-  mientras con unos jarritos juntan agua y se la van tirando para enjugarse la espalda. P-L-O-P.

Después de ese nivel de intimidad no íntima, echarse crema, secarse el pelo y conversar sin ropa no parece nada del otro mundo.
Las primeras veces que me tocó presenciar esta escena me quise desmayar, pero al pasar los días me fui acostumbrando y al menos ya no me dan ganas de salir corriendo.

Mientras ellas son los bichos raros para mí en el camarín, yo claramente soy de Marte cuando estamos en las máquinas. Si bien esto es un gimnasio, no es como los que uno ve en Chile. Se ve igual, pero al entrar te confundes con la consulta de un dentista. La música es LO fome, despacio y sin ni medio ritmo y todo es pulcro e inmaculado. Nadie conversa, nadie hace ruidos de esfuerzo físico, ni nada. Foooommmeeeee. ¿Cómo cresta iba yo a mantenerme motivada para ir entonces? ¡Gracias al Ipod!...y al reggetón, por supuesto.

Nadie que me conoce se sorprenderá del hecho que me carga hacer deporte. De hecho siempre he dicho que si me quieren castigar hay que ponerme a correr y listo, pero como no tengo muchas opciones acá –porque no entiendo ni una cuestión- la trotadora pareció una opción “amigable” ante tanta rareza. Partí ‘piolita’, caminando a un ritmo digno que me acelerara la cuchara, pero que no me infartara a los cinco minutos y, mientras encontraba ese punto medio, busqué música que me alegrara la estadía. ¡Gracias DJ Méndez, gracias Daddy Yankee!

Sólo por ellos logré agarrar un ritmo y entretenerme mientras tanto. Como me encanta la música, me encanta bailar y sobre todo me encanta cantar, al principio me tenía que concentrar para no ponerme a cantar en voz alta…pero eso fue sólo al principio. Después de unos días pensé “¡mala cuea!” Total qué me importaba lo que opinen. La mayoría del tiempo me observan igual, aunque esté calladita, así que filo. Ahora pongo la música a todo lo que da –quedo casi sorda- y troto feliz de la vida, cantando cuando quiero y callándome también. No es que quiera hacer el loco deliberadamente, sólo que decidí no frenarme a mí misma. Voy a DISFRUTAR esa horita que me regalo y que es EL momento en el que soy yo de verdad, estando en público. Ahora gozo con Elvis Crespo y puras chulerías que hacen que se me muevan las caderas mientras intento trotar (jajaja)

Como acá son todos tan serios nadie se me ha acercado a decirme nada, pero se me instalan gallas al lado, haciéndose las locas, y apuesto que es sólo para escucharme cantar/jadear. Debo ser un espectáculo desde atrás –siempre pienso eso- porque me muevo entera, canto, cambio el ritmo del trote o caminata dependiendo de la canción, etc. Eso ya es llamativo, a lo que se le suma el hecho que transpiro como chancho en matadero. O sea soy un estropajo al ritmo de la salsa.

Al final empecé a pasarlo bien y ahora me quedo feliz. Incluso conocí a una coreana bien amorosa que me tradujo el horario de las clases grupales y salimos a almorzar y todo.

Vamos avanzando, pero aún no me pidan que me duche con ellas…eso sí que no.