viernes, 30 de septiembre de 2011

Madre hay una sola

Hay dos cosas muuuuy extrañas que no sé por qué se me olvidó mencionar antes. En Corea incluyen el año del embarazo como edad de la persona, por lo que acá mi hijo no tiene un año, sino tres. Se cuenta el 2009 (año en que nació), 2010 y 2011. Por lo mismo yo acá tengo 31 y no mis dulces y primaverales 30 como en occidente. El otro día le dije a alguien que mi guagua tenía un año y pensó que era recién nacido. Raro, ¿cierto?

Lo otro es que lo normal en Corea es que los papás duerman con sus hijos hasta que los niños tienen unos 6 ó 7 años. Duermen todos juntos, en familia, aunque haya tres niños en el medio. Otra cosa que sería mega extraño para nosotros, pero que está muy arraigado en esta cultura.

El otro día fui a almorzar con dos vecinas del condominio que tienen hijos como de la edad del mío. Súper amorosas ellas. Conversamos mucho acerca de estas diferencias culturales y las dos me decían que envidiaban nuestro sistema, que les encantaría poder “desprenderse” así de sus hijos, pero que era imposible. Me comentaban que no soportan escuchar llorar a sus niños y que les simplifica la vida tenerlos al lado durante la noche. Además, decían que aunque intentaran dejarlos llorar unos minutos en el colche, por ejemplo, no podían porque sabían que iban a ser fuertemente juzgadas por los demás. Acá no es bien visto que dejes llorando a tu hijo, aunque sea una simple mañana que se le va a pasar en unos minutos. Con razón todos me hablan y seudo gritonean cuando reto al Toti en público…

Caminando hacia el restaurant la hija de ocho meses de una de ellas se quejó. No alcanzó a ser llanto, pero se notaba que no quería estar en el coche. La mamá paró, se puso el “canguro” y puso a la guagua ahí. La movía y trataba de consolar como si la niñita estuviera sufriendo. Se notaba que estaba estresada al no poder calmarla de inmediato. Me pedía disculpas por el ruido y me decía que no sabía qué hacer. Mientras tanto la amiga sacaba el chupete y se lo trataba de poner a la guagua. Cuando la niñita no lo quiso trató de ayudar ofreciéndole una galleta…A mí la verdad me daba lo mismo la queja de la guagua. Los niños son así, llorar es la única forma que tienen de expresarse y eso no quiere decir que vayan a estar traumados después. Al final tanto nerviosismo de la mamá y de la otra mujer fue lo que más me incomodó.

Es increíble la entrega que estas mamás tienen hacia sus niños. La gran mayoría son mujeres profesionales, muy bien educadas, pero que al convertirse en mamás dejan de lado sus carreras para ser dueñas de casa 24/7. ¿Por qué? Primero porque así han sido las cosas siempre, están acostumbradas, y segundo porque las niñeras son extremadamente caras y muy pocos jardines aceptan niños de meses. El gobierno tampoco ofrece guarderías. En pocas palabras quedan con las manos atadas si es que no tienen algún familiar que las ayude.

En la plaza me llama la atención verlas tan tranquilas. Jamás he escuchado a alguna pegarle un grito a sus niños, menos un zamarreo ni nada parecido. Mi voz es la única que se escucha –casi- aparte de la de los niños.

Las mamás son muy unidas entre ellas, comparten todo, juguetes, cosas para comer e incluso el cuidado de los niños en los juegos. De hecho a veces es difícil distinguir quién es la mamá de quién porque todas cuidan a todos. Desde afuera parece tan natural, tan bien asumido este sacrificio que hacen día a día por ellos, pero al conocer a la gente un poquito más de cerca te das cuenta que es una carga que han aprendido a llevar, pero que les encantaría dejar de lado.

Me he hecho bien amiga de una coreana que tiene dos hijos. El mayor es más chico que Cristóbal y la guagua tiene recién tres meses. Ella es la única coreana que he conocido, con hijos, que trabaja. Me decía que durante mucho tiempo pensó en renunciar, ya que pagar el jardín de su hijo más la nana para su guagua era casi equivalente a su sueldo -la eterna disyuntiva-, pero que al final había decidido “aguantar” estos tres años difíciles que le iban a tocar con tal de mantener un trabajo que le diera posibilidades de ascender. Según ella muchas de sus amigas que han renunciado para cuidar a sus familias tratan de volver al mundo laboral después de un tiempo, pero es simplemente imposible. Al parecer no se perdona el “abandono”, por lo que las mujeres quedan destinadas a trabajos de poca responsabilidad, con poco sueldo.

Ella tiene una buena pega. Vivió en Estados Unidos por unos años y si bien su mentalidad está más occidentalizada que la del resto, igual se nota la culpa en sus palabras cuando trata de explicar por qué sigue trabajando. Sacando las cuentas se gasta cerca de un millón de pesos chilenos al mes sólo en el cuidado de sus hijos. Setecientos mil van directo a la nana.

En Chile, al menos en apariencia, ‘la tenemos’ más fácil. Las nanas son más baratas, la vida en general también y, bueno o no, al menos existe un sistema de jardines y salas cuna que nos da la posibilidad de trabajar sin que nuestros hijos queden descuidados. Sin embrago la eterna pregunta persiste: ¿vale la pena trabajar fuera de la casa para llegar a las 7 u 8pm, dar comida, bañar y acostar a los niños, día tras día, sin siquiera tener la energía para jugar un rato con ellos?, ¿o para escucharlos?, ¿o enseñarles algo?. ¿Es esa la mamá que queremos que nuestros hijos recuerden cuando sean grande? Me atormenta pensar que en el futuro mi hijo pueda criticarme por haber sido una mamá fome o amargada...que sienta que no lo disfruté...o peor aún, que yo crea que no lo hice.

Al pensar en esto me doy una vez más con la nunca bien ponderada roca en los dientes por la oportunidad que estoy teniendo ahora. Tengo la posibilidad de mandar a mi hijo a un buen jardín, donde creo está seguro y estimulado, y además tengo tiempo y energía para hacerle comida, sacarlo a pasear y jugar con él.

Finalmente me queda claro que ningún sistema es perfecto. Creo que las mujeres estamos destinadas –o programadas quizá- a sentir culpa hagamos lo que hagamos. “Show me a woman without guilt and I will show you a man” leí por ahí…



viernes, 23 de septiembre de 2011

Let's get physical

Al lado de mi casa, justo al lado, hay un tremendo gimnasio. Se llama Top Fitnesss y desde que llegué me cierra el ojo…

Hace más de diez años que no había puesto un pié en uno de esos lugares, pero qué mejor oportunidad que esta para comenzar una nueva adicción. Mi secreto deseo era que, gracias a una iluminación divina, mi cuerpo y mente se enamoraran de una rutina deportiva cosa de hacerme dependiente y, por ende, mina, mina. Lamentablemente no creo que me esté funcionando mucho.

El gimnasio es enorme, súper moderno, con muchas máquinas nuevas, teles, salones para spinning, yoga y esas cosas, y baños con camarines tremendos. Me di una vuelta loca, haciéndome la que sabía lo que estaba haciendo, y me inscribí por tres meses. Suficiente tiempo como para “enamorarme”, pero no demasiado como para perder plata como loca en caso que mi nueva relación no se diera como esperaba.

El primer día te dan una tarjetita y hacen una evaluación. En mi caso no tenía mucho sentido porque no les entiendo ni una cuestión a los entrenadores, pero al menos vería mi triste realidad en números. Y ‘oh my God’ que fue triste. Cincuenta y nueve kilos. ¡Cincuenta y nueve! ¡Eso pesaba cuando tenía casi cinco meses de embarazo!

El profesor que me evaluó no hablaba ni una palabra de inglés, pero tratando de explicarme el resultado de la medición –te paras en una maquinita con las piernas y brazos abiertos y te hacen una especie de scanner con todo tipo de índices- logró decirme una frase para el bronce “you: no muscle” y después una segunda revelación, “you: too much fat”. ¡Fantástico!

Con el ego por el suelo cumplí con todo lo que este joven me dio como tarea para el día: unas flexiones de piernas del terror, otros ejercicios de máquinas y cuarenta minutos de caminata rápida. Después de esa seudo-masacre llegué a mi casa arrastrándome, con las piernas tiritonas, sintiendo cada una de esas células adiposas de más. Pero al otro día estaba de vuelta.

Entré a una clase de yoga esta vez. ¡Qué espanto! ¡No puedo hacer nada! Soy hiperlaxa y por ende debiera ser ultra flexible, pero me sentí embalsamada. Realmente pasan la cuenta los años y la falta de movimiento. Al menos lo pasé bien esta vez, incluyendo la caída que me pegué tratando de mantener el equilibrio en una pierna. Después de esa clase entré por primera vez al camarín.

No puedo expresar mi sorpresa. La cuestión era enorme, doscientos lockers, espejos y pesas por doquier, pero lejos lo más impactante es que habían unas cuarenta mujeres adentro, piluchas de pié a cabeza, conversando, pintándose, secándose el pelo, así…como si nada. ¡Cero pudor! ¡¿No les gustan las toallas tampoco qe nadie las usa?!

Algunas estaban medio vestidas, pero no la parte obvia que uno primero se tapa, no. Ellas estaban a ‘poto pelao’, pero con una bella blusa y pelo perfectamente peinado. ¡Nadie puede! Como yo soy yo lo primero que noté fue que, si bien son extremadamente preocupadas por la higiene y la apariencia, al parecer no pasa lo mismo con la depilación. O sea…NI AHÍ CON LA DEPILACIÓN. Y a nadie parece importarle.

Una extraña sensación entre rabia por tener que estar mirando potos ajenos que no quería mirar, vergüenza y una necesidad imperiosa de sacar fotos se adueñaron de mi. ¡Necesitaba mostrarle eso al mundo para que se rieran y sorprendieran conmigo! De verdad estuve a un segundo de sacar el celular para inmortalizar la imagen, pero al final me arrepentí. Quizá las piluchas se dan cuenta y me atacan todas juntas con su humedad, pelos y rollos de por medio…no, mejor no.

Si bien la primera impresión fue grande, NADA me preparó para lo que vi después.

Al llegar al gimnasio te pasan una pulsera con un número que tiene una especie de imán que abre el locker. Un día ‘x’ me tocó uno de los primeros y eso me dejó al lado de los espejos y lavamanos. Y ahí, pasando casi desapercibida, figuraba una puerta enorme de vidrio que no había visto antes. Detrás de ella una sala gigantesca con duchas y dos enormes jacuzzis. Y cuando digo enormes me refiero a que caben unas cuarenta o cincuenta personas en cada uno, fácil.

Vapor por doquier saliendo de maquinitas en cada esquina de la habitación y decenas de mujeres de todas las edades bañándose juntas, piluchitas, en esos jacuzzis. Otra decena –por lo bajo- se duchaba mientras tanto. Me imagino que para los hombres la escena podría parecer casi erótica, pero para nada. Se tratan como madres e hijas, con una naturalidad tremenda, mientras lo único que cruza mi mente es: “¡qué asco esa agua!” Diez mil potos transpirados juntos al mismo tiempo…¡guáchila!

La ducha no es mucho mejor en todo caso. No se trata de las duchas que nosotros conocemos, individuales, con cortinas y altas cosa de bañarse paradas. No, acá el agua sale a la altura de la cadera, entonces las mujeres se sientan en unas banquitas plásticas enanas, mirando el chorro, con las piernas bien abiertas -cosa que el chorrito caiga donde tiene que caer-  mientras con unos jarritos juntan agua y se la van tirando para enjugarse la espalda. P-L-O-P.

Después de ese nivel de intimidad no íntima, echarse crema, secarse el pelo y conversar sin ropa no parece nada del otro mundo.
Las primeras veces que me tocó presenciar esta escena me quise desmayar, pero al pasar los días me fui acostumbrando y al menos ya no me dan ganas de salir corriendo.

Mientras ellas son los bichos raros para mí en el camarín, yo claramente soy de Marte cuando estamos en las máquinas. Si bien esto es un gimnasio, no es como los que uno ve en Chile. Se ve igual, pero al entrar te confundes con la consulta de un dentista. La música es LO fome, despacio y sin ni medio ritmo y todo es pulcro e inmaculado. Nadie conversa, nadie hace ruidos de esfuerzo físico, ni nada. Foooommmeeeee. ¿Cómo cresta iba yo a mantenerme motivada para ir entonces? ¡Gracias al Ipod!...y al reggetón, por supuesto.

Nadie que me conoce se sorprenderá del hecho que me carga hacer deporte. De hecho siempre he dicho que si me quieren castigar hay que ponerme a correr y listo, pero como no tengo muchas opciones acá –porque no entiendo ni una cuestión- la trotadora pareció una opción “amigable” ante tanta rareza. Partí ‘piolita’, caminando a un ritmo digno que me acelerara la cuchara, pero que no me infartara a los cinco minutos y, mientras encontraba ese punto medio, busqué música que me alegrara la estadía. ¡Gracias DJ Méndez, gracias Daddy Yankee!

Sólo por ellos logré agarrar un ritmo y entretenerme mientras tanto. Como me encanta la música, me encanta bailar y sobre todo me encanta cantar, al principio me tenía que concentrar para no ponerme a cantar en voz alta…pero eso fue sólo al principio. Después de unos días pensé “¡mala cuea!” Total qué me importaba lo que opinen. La mayoría del tiempo me observan igual, aunque esté calladita, así que filo. Ahora pongo la música a todo lo que da –quedo casi sorda- y troto feliz de la vida, cantando cuando quiero y callándome también. No es que quiera hacer el loco deliberadamente, sólo que decidí no frenarme a mí misma. Voy a DISFRUTAR esa horita que me regalo y que es EL momento en el que soy yo de verdad, estando en público. Ahora gozo con Elvis Crespo y puras chulerías que hacen que se me muevan las caderas mientras intento trotar (jajaja)

Como acá son todos tan serios nadie se me ha acercado a decirme nada, pero se me instalan gallas al lado, haciéndose las locas, y apuesto que es sólo para escucharme cantar/jadear. Debo ser un espectáculo desde atrás –siempre pienso eso- porque me muevo entera, canto, cambio el ritmo del trote o caminata dependiendo de la canción, etc. Eso ya es llamativo, a lo que se le suma el hecho que transpiro como chancho en matadero. O sea soy un estropajo al ritmo de la salsa.

Al final empecé a pasarlo bien y ahora me quedo feliz. Incluso conocí a una coreana bien amorosa que me tradujo el horario de las clases grupales y salimos a almorzar y todo.

Vamos avanzando, pero aún no me pidan que me duche con ellas…eso sí que no.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Luz, cámara y ¡acción!

Hace unas semanas nos invitaron a comer. Una compañera de pega de Cristián estaba gravando un programa de cocina para un canal del cable y la idea era juntar a algunos extranjeros y mostrarles distintos platos tradicionales coreanos. ¡Yo feliz! No tanto por la comida, pero me tincó entretenido conocer gente de distintos países y más encima para un programa. Chori, ¿cierto?

Bueno, la comida iba a hacerse en la casa de otra persona de Samsung. Un invitado más, pero con cocina grande.

Se supone que los comensales debíamos llegar a las cinco de la tarde. Todo debía estar listo a esa hora. A las cinco en punto hablamos con la persona que estaba organizando todo y nos pidió llegar más tarde. Estaban atrasados. Fome, porque yo tenía todo fríamente calculado con Cristóbal y sus horarios, pero OK…no me hice problemas.

Finalmente llegamos cerca de las siete. Como ya era tan tarde estuvimos a punto de no ir, pero la niña nos rogó que llegáramos, asegurándonos que sería súper cortito todo.

Cristóbal se durmió en el coche, así que ni se enteró de dónde estábamos.

Lo primero que noté fue que éramos los primeros en llegar. ¡Valor! La súper conductora del programa era una coreana/alemana, amorosa, pero se notaba que estaba estresada. Nos presentó a los camarógrafos y al dueño de casa. Un polaco in-so-por-ta-ble. Alto, rucio, con colita y pesado como elefante en brazos. Nos miró con cara de querer matarnos, no nos habló ni una palabra y andaba con cara de trasero purulando por todos lados, verificando que nadie tocara nada, haciendo suspiros de descontento cuando notaba algo que no le gustaba, etc. Con Cristián nos mirábamos y a lo único que atinábamos era a reírnos de la situación en la que estábamos. Tras unos minutos ETERNOS llegó un alemán. Este era simpático, menos mal. Habló más y al parecer era amigo del idiota porque se hablaban con cierta “confianza”, aunque el gigantón este no cambiaba la cara de ass. Claramente estaba furioso con lo tarde que se había hecho. Él había prestado su casa para hacer este programa, pero al parecer con CERO ganas. De hecho al rato nos dimos cuenta que su polola estaba encerrada en una pieza, sin salir ni siquiera a decir ‘hola’. Súper cordial ella…

Media hora y varios llamados telefónicos después apareció una rusa. Tonta como una puerta la pobrecita. Hablaba puras leseras y se reía sin cachar que todos la odiaban por lo tarde que había llegado. Al menos se reía, así que igual hablé con ella.

En un intento por amenizar la velada Cristián se puso a conversar con el alemán simpático y por supuesto el tema en común era la pega. No alcanzaron a decir ‘Sams…’ y el adorable dueño de casa los para en seco, diciéndoles que no podían mencionar “la marca” ya que estaban en algo nada que ver…que estaba ‘prohibido’. Otra risita cómplice entre nosotros y al silencio nuevamente.

Finalmente partió la grabación y nos sentamos en el suelo. La comida era CERDA. Todo estaba helado, calentado y recalentado mil veces, seco, duro…ufffff. El menú eran unos tallarines con salsa de champiñones –suena rico, pero no lo era-, tortillas de cebollín y una especie de cazuela de pollo que era un poquito mejor que tomar agua de calcetín. Mala, mala, mala…el pollo entero adentro (los pollos son enanos acá) y la galla cortándolo con tijera para servirlo. ¡¿Qué hago acá?! Teniendo que probar cosas que jamás hubiera puesto en mi boca en otra circunstancia y poniendo caras de agrado cuando sólo quería salir corriendo. Al lado mío la rusa decía, después de dos cucharadas, que no quería más porque iba a engordar y la corana/alemana queriendo asesinarla la obligaba a comer. ¡Qué agradable velada!

En un momento de pausa de la grabación la anfitriona pidió al dueño de casa que el aire acondicionado apuntara a otra parte, porque le llegaba justo en la cara. Cristián estaba al lado del aparatito, así que se paró y movió la rendija hacia un lado. “Noooo!!”, saltó nuestro nórdico amigo, “that’s not a manual machine!”. Ahí nos reímos fuerte ‘cara de palo’ no más, ¡qué gallo más histérico!”. A mí ya me tenía más que sobrepasada su pésima actitud, pero no pensaba darle en el gusto haciéndome la ofendida o enojándome.

Mientras comíamos yo le comenté a la rusa que no sabía comer bien con palitos y este tipo ‘mete su cuchara’, diciéndome que efectivamente los estaba tomando como una niña. Ventana abierta para sarcasmo –pensé-, así que de inmediato le dije: claro, es que tengo el corazón de una niña…supongo que tú los estás tomando como anciano. Ni me fijé en su reacción porque al tiro desvié la mirada y no lo volví a ver, pero no me volvió a hacer comentarios. La rusa se rió al menos.

Luego de lo que pareció una eternidad por fin la comida se terminó. Cada uno dio su opinión a las cámaras de qué le había perecido todo, diciendo si ese tipo de platos se adecuarían a sus respectivos países. Todos mentimos, obvio.

Cristóbal se despertó justo, así que lo pudimos usar de excusa para irnos de inmediato. El dueño de casa no se despidió. Estaba ocupado ordenando la cocina para que el resto también se fuera pronto, me imagino.

No supimos más de nadie. Ningún mail ni llamado agradeciendo nuestra disposición.

Al fin de semana siguiente, en un paseo organizado por Samsung, nos encontramos en el bus con el polaco desgraciado y su polola –que era coreana, by the way- y ni siquiera nos miramos. Él saludó a Cristián en un momento en que yo estaba lejos y eso fue todo, pero nos miró todo el rato. No sé por qué, pero creo que está con vergüenza por cómo se comportó. ¡Sería lo mínimo! Después de todo, ¿qué culpa teníamos nosotros si la cuestión se alargó y la polola se enojó? Sólo quisimos ser amorosos, ir, ayudar a esta tipa que necesitaba gente y quizá conocer a personas simpáticas. Nada de eso pasó, pero esa fue nuestra intención.

Bueno, al final no todas las experiencias son buenas, está claro, pero al menos nos sirvió para salir en la tele…jajajjajaa.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Lo bueno, lo malo y lo raro

Al venirme a Corea la verdad es que poca idea tenía de cómo sería el país. Cristián había venido varias veces antes, así que algo me había contado, pero igual llegué con la ignorancia pura a vivir al otro lado del mundo.

Algo que me impresionó mucho al comienzo fue lo moderno que es todo. No sé por qué tenía la idea que el país sería más antiguo, más “artesanal”, por así decirlo, pero para nada. Mucha luz, mucha vida, mucha gente, mucho de todo.

Al pasar las semanas he podido ir identificando mejor lo que me gusta y lo que no de esta sociedad. Partamos por lo malo, obvio…soy yo la que escribe…

LO MALO
El olor a comida

En cada esquina se puede encontrar un local de comida coreana y, tal cuál es conocida en el mundo entero, ¡es hedionda! Rica, pero hedionda a morir. Una mezcla entre olor a pescado, algas, ají y  ajo, por supuesto. Muuucho ajo. Y lo peor es que uno se encuentra con “el aroma” a cualquier hora del día y en cualquier lugar. Me da una rabia parida cuando salgo recién duchadita, perfumada y me llega el “buqué” a pescado. ¡Obvio que una también queda hedionda!

La dormida

Grande fue mi impresión y decepción cuando llegó la hora de acostarse en Corea por primera vez. La cama era una TA-BLA. O sea, cómo me explico para que me entiendan. Tan, tan dura e incómoda que me fui a echar a un sillón tieso de cuerina y al menos ahí pude dormir.

La primera semana fue una real pesadilla. La cama del terror, el calor del infierno y Cristóbal enterrándome su cabeza en la columna a cada rato. Y más encima tratando de acostumbrarnos a las ¡13 horas de diferencia horaria! De verdad que atroz.

A los diez días, más o menos, compramos por internet un colchón nuevo. Por internet porque en los malls que fuimos vendían sólo las tablas diabólicas. Después de un par de días más de espera -y sus respectivas noches- finalmente llegó la esperada adquisición. No resultó ser lo que esperaba, pero al menos era bastante más decente.

También por internet compramos cama para el Toti porque mucho lo amaré, pero de verdad cero posibilidad de seguir durmiendo con él. Su cama es igual de dura que la nuestra del comienzo L o peor, quizá. ¡Qué rabia! Más encima caras las porquerías. Me dio tanta pena que le compré unas colchonetitas que venden y que se ponen arriba del colchón –hasta ellos cachan que la cuestión es incomodísima-. La pura colchonetita costó ochenta mil pesos, aproximadamente, pero al menos ahora no me siento tan mala de dormir “cómoda” mientras él se acuesta en esa tortura. ¡Si hasta cuando lo acompaño para que se duerma me queda doliendo la espalda!

La basura

Es muy bueno reciclar. Como están las cosas, más que una opción parece una obligación. El planeta lo necesita y se trata de un pequeño granito de arena para evitar que nuestra ecología siga colapsando, ¿verdad? LAS PAILAS! Acá he descubierto que me da lo mismo la ecología y el planeta green. Los coreanos reciclan y, por supuesto, tienen un orden claramente establecido para hacerlo. El martes es EL día de la basura. Sólo el martes. ¿Y qué me importa a mí si total yo vivo en edificio?, pues me importa porque acá no hay incineradores. Charán! Cada uno es responsable de sacar sus desechos y de llevarlos dónde corresponde.

Hay un lugar para los cartones, otro para los plásticos, otro para las latas, otro para la basura propiamente tal (pañales, por ejemplo) y otro distinto para los restos de comida, pero aquí viene la parte “chori”…no es llegar y botar la bolsa con comida en el basurero, noooo, hay que abrir cada bolsa, aguantar el exquisito aroma de comida descompuesta hace días, y botar sólo el contenido en el basurero. La bolsa hay que tirarla en el lugar de los plásticos. Si te pillan botando la bolsa te llega multa. Entrete, ¿cierto?

Ahí es donde toma sentido esto de la compra de las bolsas en el súper. Las que te venden son unas bolsas verdes que son las únicas que se aceptan en el basurero general…el de los pañales. Nada de usar su propia bolsa, señora. Si no es la verde que dice Garbage Bag entonces estamos mal.

Vale decir que la botada de basura es LA tarea de Cristián. Yo me puedo encargar de limpiar, cocinar, planchar, ir al súper a ‘pata’ y todo lo demás, pero la basura no la saco ni aunque me paguen.

No English

Sé que parece pesado de mi parte, pero me carga que ¡nadie habla inglés! Me imagino que en Chile un taxista, una vendedora de mall o lo que sea tampoco se maneja mucho en el idioma, pero pucha al menos algo cachan, ¿o no?

Todo se hace imposible cuando está la barrera del idioma. Comprar, subirse a un tren, inscribir a Cristóbal en el jardín, meterme al gimnasio, o sea todo, ha sido una odisea.

Todo lo que sé respecto de cómo le está yendo a mi hijo en el jardín es gracias a una compañera de trabajo de Cristián que llama y hace las preguntas que yo quiero hacer. Las profesoras –que son jóvenes y educadas- ni siquiera saben decir hello. Nada. Cuando fui a averiguar no hubo caso con sacarles una palabra. Estuve como media hora tratando de lograr hacerme entender con el traductor del celular y salí más perdida que cuando llegué. ¡Incluso su lenguaje corporal es distinto! Si les preguntaba si tenía que llevarle a Cristóbal el almuerzo yo todos los días –usando el traductor- ellas en vez de decirme “no”, usando la cabeza o el dedito en movimiento de limpiaparabrisas, me hacían una mini reverencia, sonriendo. PLOP ¿Mi traductor vale hongo o estoy en un mundo paralelo?

En el gimnasio la cosa no cambió mucho. El lugar se llama Top Fitness y queda al lado de mi casa, o sea, al lado de Samsung donde hay varios extranjeros, sin embargo nadie habla inglés. Todos los letreros están en coreano, las máquinas en coreano y la información de horarios, clases, etc., en coreano. Fail again! No me culpen si no bajo ni medio gramo…está claro que sin instrucciones uno no puede hacer mucho.

Cuando fui a comprar la colchonetita para Cristóbal de nuevo me encontré con la pared idiomática. Haciendo señas y gestos la señora del negocio entendió que necesitaba tal producto, pero hasta ahí no más llegamos. No pudo explicarme el precio ni si servía para lo que yo necesitaba. También con gestos me indicó que me sentara y esperara. Supuse que había ido a buscar a alguien. Veinticinco minutos más tarde –y no estoy exagerando- llegó un vendedor que hablaba inglés –quizá lo trajeron de Japón- ¡Aleluya! La colchoneta era carísima, pero después de tanta espera no iba a decir “no, gracias…estaba mirando”. Pasé la tarjeta y ahí todos me entendieron.

LO BUENO

Shoes off

Me encanta la costumbre que tienen los coreanos de sacarse los zapatos en la casa. Lo encuentro lo más higiénico y cómodo que hay. ¿Qué mejor que llegar e instalarse al tiro la pantufla? En los restaurantes coreanos también lo hacen, se sientan en el suelo para comer, todos a ‘patita pelá’ y lo mismo pasa en muchos otros lugares. En el jardín del Toti no se entra con zapatos, en el camarín del gimnasio tampoco y si vas a la casa de alguien lo primerísimo que tienes que hacer es sacarte los zapatos antes de entrar. ¡Así da gusto comprar alfombras caras!

Si alguien está en un parque, sentado en una banca y quiere subir una patita arriba ¿qué hace? Se saca los zapatos, obvio. Cuando nos han venido a dejar cosas o a arreglar el baño, los maestros se sacan los zapatos y entran. ¡Lo encuentro tan tierno!

Tanto me gustó el sistema que ya estamos adoptando la costumbre en nuestra casa también. En la entrada hay un mueble con repisas –que me tinca era para eso- así que ahí estamos guardando los zapatos. Antes de salir uno se los pone y al llegar, antes de entrar al piso flotante, te los sacas y agarras tus pantuflitas.

La paciencia

Otra cosa muy buena y envidiable es la paciencia que tiene la gente de acá. Como son tan ordenados prácticamente para todo hay fila…y son cincuenta millones de coreanos, así que las filas no son cortas. Para los buses, para entrar al baño, para tomar taxi, ¡para todo!

Uno no llega y hace parar un taxi en cualquier parte, hay lugares establecidos para que los autos esperen a los pasajeros y así se van formando las filitas.

Más que paciencia yo creo que lo bueno es que son personas muy perfeccionistas y por eso tienen un país tan limpio. Todo lo hacen bien, nada a la rápida ni ‘por donde miró la suegra’. En el supermercado noté que una niña que trabajaba ahí estaba limpiando unas basuritas que estaban en el suelo, pero no pasó la escoba sino que se agachó, se puso unos guantes, sacó una bolsita de papel que tenía en el bolsillo y empezó, miguita a miguita, a recoger lo que estaba en el suelo. Se tomó su tiempo, pero quedó perfecto. Los taxistas también son así. Como siempre andamos acarreando el coche del Toti, constantemente abrimos la maleta de los autos y siempre está todo organizado adentro. Una canastita o caja con zapatos, artículos para limpiar el taxi y cosas así. Todo ordenado, impecable.

Mientras infructuosamente trataba de entenderle algo a la profesora de Cristóbal, él se puso a mirar un libro...a los treinta segundos el libro tenía una hoja menos, obvio. Yo muerta de plancha le pegué una retada al niño mientras ella, tranquila, tomó el cuento, sacó scotch y arregló la hoja. Después sacó un wipe, le limpió las manos al Toti y se lo guardó…no lo iba a dejar ahí encima de una mesa cualquiera…

Es realmente ‘refrescante’ ver ese comportamiento. Tan orgullosos de lo que hacen, tan buenos en lo que hacen…incluso me dan como ganas de ser un poquito más así.

Cada loco con su tema

¡Me encanta la diversidad de Corea! En una sola cuadra vez Evangélicos cantando, niñas con vestidos y taquitos con brillos, hombres vestidos como Ken de Barbie, viejitas con trajes tradicionales, etc. y nadie mira a nadie raro. ¡Rico! Incluso Cristián me dijo que aprovechara y que me pusiera todas las rarezas que quisiera mientras estuviéramos acá…jajajjaja…a la que más le gusta usar rarezas.

El desayuno

El pan de Corea es EL MÁS RICO DEL MUNDO!! De verdad que es exquisito. Así como son fanáticos del café son fanáticos de la respostería, porque también en cada esquina se encuentran panaderías estilo Castaños, pero en bacán, con cosas exquisitas, lindas, panes de distintos tipos, etc. El pan, sumado a la mermelada de hiervas y canela que compramos la otra vez, hacen que el desayuno sea la mejor parte del día :)

LO RARO

Las sábanas

Los coreanos NO USAN SÁBANAS! Eso es lo más raro que hay. Aparte de las camas de palo sencillamente no tienen sábanas. Sólo ponen un cubre-tortura (perdón, cubre-colchón) y después el cubrecama.

Cuando nos vinimos traje un juego por si acaso y resulta que ahora es lo único que tenemos, así que me la paso lavando y poniendo la misma cosa. Así como vamos, en un par de meses más vamos a estar durmiendo en una tela de cebolla…y eso que no me he dado por vencida. Mall que voy, mall que pregunto por sábanas, pero ni saben a qué me refiero.

Escobas

Como la idea es hacerme la vida difícil, los coreanos decidieron ir contra el mundo y no tienen las escobas que todos conocemos. Hay escobas, pero el palito tiene unos cincuenta centímetros de largo…o sea, hay que doblarse como wantán para poder usarlas, por ende, NO uso escoba. A pura aspiradora no más.

Amables, pero pesados

La verdad es que la gente de acá es súper amable. Cuando uno logra comunicarse con ellos son muy amorosos, pero en el diario vivir tienen actitudes raras que los hacen parecer mal educados, incluso. Nadie te afirma una puerta si estás por entrar o salir de algún lado, así que prepárate para el portazo en la cara si no estás atento; si estás ‘paveando’ se te cuelan como locos en las filas, no esperan que la gente baje de un lugar para subir ellos (en un ascensor, por ejemplo), etc. Eso al principio fue bien choqueante, uno no se lo espera, pero lueguito te acostumbras y andas a codazos como todo el resto no más. De hecho ya tuve un encontrón con una coreana. Estábamos como a las ocho de la noche afuera de la estación de trenes, esperando en la fila un taxi para irnos a la casa después de un día agotador. Éramos Cristián, el Toti, yo, coche, bolsas, etc. y una ‘cabra’ llega, pasa al lado nuestro y abre ‘cara de palo’ la puerta del auto en cuanto paró al lado nuestro. La reacción de Cristián fue “...’ta la huevona” y yo, furia, dejo las bolsas en el suelo y le cierro la puerta antes que se suba. THIS IS OUR CAR! …Quizá qué cara le puse –acompañando el grito- porque me miró espantada y se fue. Pía: 1 – cabra patuda: 0

Restaurants

La mayoría de los restaurants donde hemos ido han sido de comida occidental, así que las cartas son en inglés y eso nos facilita la vida. Lo raro ha sido, esos sí, que no te ofrecen cosas para tomar. Acá se come con agua –que no te la cobran- aunque si quieres pedir una bebida probablemente tengan, sólo que no la ofrecen. También es diferente el hecho que al servirte los platos te llevan la cuenta al tiro, así que hay que decidir si vas a querer postre, café o lo que sea, a penas llegas.

El tema de la comida acá es más bien un trámite. Te sientas, comes y te vas. No se da el tema del aperitivo, entrada, plato de fondo, postre y café como en Chile…eso es fome. Quizá por eso la atención es tan rápida…no ven la hora que te vayas.

Maldito speaker!

Llevábamos un par de días acá cuando, de la nada, una voz nos empezó a hablar. ¡¿Qué onda?! Resultó ser que hay una especie de parlante empotrado en la pared del living desde donde la Administración te da avisos. Para nosotros es cero aporte porque obviamente hablan en coreano, pero lo peor es que la gente esta ¡habla a cada rato! Como dos o tres veces al día escucho anuncios que no entiendo, que no son nada de cortos y que a veces aparecen a horas bien desubicadas. He tratado de buscar la forma de bajar el volumen, pero parece que eso no depende de uno.

La única vez que he dormido siesta acá adivinen qué me despertó. El speaker!

Chips de chocolate

Después de ir a buscar a Cristóbal al jardín el otro día se me ocurrió la brillante idea de comprarle un helado. El calor era espantoso y se había portado tan bien en el jardín que se lo merecía. Le elegí uno que por el papel parecía ser de chocolate con chips. “¿Está rico?” – “Ajá”-, me responde él y veinte segundos después “mamáaaa, noooooo”. Pensé que se estaba manchando y que quería que lo ayudara entonces como toda mamá le tomé el helado y le chupetié la parte de abajo para “ordenarlo”. PUAJ!! Era cerdo, ¿y las chispas de chocolate? POROTOS NEGROS!! ¿Quién se come esa cuestión? No sé, pero yo terminé botando esa asquerosidad de inmediato.


*Rarezas flash:

-          Todos los autos son negros, blancos o grises. Puros sedán y todos automáticos…hasta el más ‘sharsha’

-          Las mujeres usan ‘manguitas’. Polera manga corta con una mangas de laycra que van del bícep a la muñeca. Para protegerse del sol, supongo. ¿Por qué no usan poleras de manga larga entonces? Ni idea.

-          La gente acá está obsesionada con la cara. Tiendas gigantes de puras cremas, comerciales y más comerciales de hidratantes, infomerciales con mascarillas milagrosas, etc. la embarraron para vanidosos.

-          Los malls tienen en el baño de mujeres una sala especial para pintarse. Con mesitas, espejos individuales iluminados y ¡viven llenas!

-          Comen arroz todos los santos días. La snack del jardín de Cristóbal es arroz con sopa de champiñón, de hecho. (y él se come todo)

-          Muchas mujeres caminan de la mano. Mamás e hijas, amigas, lesbianas (me imagino) y así, mujeres de todas las edades andan de la mano por la vida.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Totito Super Star

Lo dije a penas llegamos, mi hijo causa sensación entre los coreanos. No es que yo sea su madre (jajaja, típico comentario nerd de mamá) pero ¡pucha que llama la atención!

Incluso el taxista más pesado se derrite cuando lo escucha atrás tratando de saludarlo diciéndole “yes?” –pobre, él jura que eso es un saludo…y en tono de pregunta más encima. La verdad es que sí está muy rico, pero como súper estrella también tiene sus momentos de divismo insoportable. Pero de verdad in-so-por-ta-ble.

Ayer fue domingo y salimos a pasear. Al bajarnos del tren en Seúl se hizo presente ‘Cristóbal’, el serio y malhumorado infante y comenzó la cuenta: ahí se produjo la primera pataleta. ¿Por qué? Ya ni me acuerdo. Quizá le quitamos una basura que recogió o quiso caminar solo cuando no podía, etc. Cualquier cosa puede gatillar un escándalo y este niño sí que es escandaloso cuando quiere. Ahí parte otra faceta de nuestra realidad como padres: la vergüenza.

Por lo general estamos muy orgullosos de Cristóbal, ¿quién no está chocho con su hijo?, pero en esos momentos quiero arrancar para no volver. Lamentablemente en Corea no es muy fácil pasar desapercibida como su mamá, así que no queda otra que hacerse cargo.

Increíblemente nunca hemos visto a un niñito(a) coreano con pataleta. Hay algunos que lloran, lógico, pero en una forma decente, no vergonzosa como la de mi retoño. Él es de esos que se retuerce si está amarrado en el coche, soltando todo tipo de líquidos corpóreos disponibles –dícese lágrimas, saliva, mocos, etc.- con un griterío que fácilmente podría hacer pensar a un desconocido que le tenemos fierros calientes escondidos entre la ropa.

¿Lo sacamos?, ¿lo reto?, ¿lo aprieto?, ¿lo dejo que siga hasta que se le pase?, ¿le doy besitos y arrumacos para que se calme este energúmeno? ¡Ayyyyy! Espantoso.

Además la gente de acá no es de mucha ayuda que digamos. Me llama la atención que cuando Cristóbal está teniendo un ataque la gente que pasa a nuestro lado por lo general ‘mete la cuchara’. No tengo idea qué dicen, pero todos opinan. Quizá me están dando el pésame, quizá me encuentran lo ´pior´ por dejarlo llorar, quizá le dicen garabatos, anda tú a saber, pero se meten. No ha faltado el iluso que por amoroso le ha tratado de pasar un dulce en medio de la batahola…en un segundo le llegó el dulce de vuelta de un solo manotazo. Eso en Chile no se ve. Como que uno está más acostumbrado al escándalo, creo yo. No llama tanto la atención un pendex pesote.

La hipótesis de Cristián es que acá les dan hierbitas calmantes a los niños, porque no puede ser tanta tranquilidad…me pregunto si se venden sin receta…

Lo bueno es que estos ataques así como parten, terminan. Le dura poco, pero en ese par de minutos me quita como 3 años de juventud y me saca unas 15 canas. Sin contar que limita más y más su futuro como hermano mayor. Y así, de la nada, parte la personalidad número dos: ‘Totito’.

Exquisitoooo, lleno de gracias. En libertad –caminando solo en el mall, por ejemplo- le dice “anión”(hola) a la gente!, corre, se esconde, ofrece high fives, pone caras y posa para las fotografías. Y no me refiero a que pose para nosotros, ¡posa para que los coreanos le saquen fotos!

Le sacan fotos en todas partes.

Una vez estábamos en una heladería, y unas niñas afuera, a través del vidrio, le hacían gracias y empezaron a sacar fotos, después llamaron a otra y también sacó cámara. Él chocho, obvio. Cerrando ojo y todo. En el museo, en los trenes, en restaurantes, en todos lados queda inmortalizado Totito. De verdad que suena chistoso, pero en cada paseo al menos unas cinco personas le sacan fotos.

Siendo paparazzeado

Quizá podríamos empezar a aprovechar esta realidad para solventar algunos gastos. Mi psicoterapia, quizá. No sería mala idea instalarme afuera de la estación de trenes con él, perreando. Así cada vez que vea una cámara yo podría estirar la mano y decir “one dollar”…seguro me lo dan. He sabido de gente que se ha hecho rica así.

Incluso estando acá en el condominio, en la plaza, las mamás se acercan para verlo, le dan chocolates y papas fritas y él sin moverse de su escritorio recibe y recibe…si supieran la bestia que está escondida detrás de esos cachetes…

Ganar algo de plata con este niñito sería una bonita forma de retribuirme a mí misma los malos ratos que tengo que pasar cuando ‘Cristóbal’ está presente. Unas rayas en una tarjeta para el Día de la Madre simplemente no son suficientes. 

Para ser justa, eso sí, debo reconocer que la personalidad amable y cariñosa del Toti es más recurrente…hasta ahora al menos.

Al final del día contamos cinco pataletas. Bastante mal, aunque se recuperó un poco en la noche. Fuimos a comer donde una compañera de pega de Cristián y nuevamente fue el alma de la fiesta. El orgullo ha vuelto.

lunes, 22 de agosto de 2011

Mi mejor amigo

Muchas veces uno siente que la vida pasa y que uno se agarra, como puede, de este tren express. Al menos yo me he sentido así.

Pasan los días, los meses y años y no parece haber minuto para simplemente parar, respirar y mirar a tu alrededor. Siempre hay algo más importante, urgente, que necesita de nuestra atención. Estudios, trabajo, relaciones, la guagua, la casa, ¡incluso la nana, por la cresta!, todo es necesario y todo tiene su minuto claramente establecido en la agenda. “Si no voy al súper ahora no voy a poder ir hasta el otro martes, entre las 17.30 y las 19.00 hrs.” Así estaba yo, estresada sin saberlo y desperdiciando buena parte de mis días en cosas que, en verdad, daban lo mismo.

Creo que antes de venirme para acá la última vez en la que en verdad pensé seriamente acerca de mi futuro y lo que yo quería fue cuando iba a dar la Prueba de Aptitud (que pena que la PSU existe hace no sé cuánto tiempo ya, pero mi realidad fue la PAA) Y ni siquiera es que haya tomado una decisión muy a conciencia ni madura - de hecho terminé estudiando Periodismo porque tenía harto Inglés y ramos de fotografía, en un campus lindo, cerca de mi casa- pero sí al menos le dediqué horas y días a pensar lo que quería.

Ni siquiera cuando me casé me di la oportunidad de analizar en serio si esa decisión me iba a ayudar a cumplir lo que yo esperaba de mi vida. Todo se dio en forma natural. Llevábamos pololeando ocho años, los dos trabajábamos hace un tiempo, yo estaba viviendo con una amiga –algo que siempre quise hacer- y así, tenía sentido y lo hicimos…¡Menos mal que todo salió bien!

Ser mamá tampoco fue una iluminación divina, más bien fue un vil ‘chiripazo’ que también, gracias a Dios, terminó haciéndome muy feliz.

Mi vida, hasta ahora, había sido muy tranquila y previsible, sin grandes sorpresas ni riesgos, en parte quizá por culpa de esa misma máquina flash que no nos deja ver el paisaje.

Nuestra llegada a Corea ha significado en gran parte ese ansiado stop en el camino. Esa oportunidad de mirarnos y ver si queremos cambiar nuestra vida y empezar algo totalmente nuevo juntos…y la respuesta es sí.

En septiembre Cristián y yo cumpliremos doce años juntos y me alegro de poder celebrar, de verdad, esa fecha.

Estando aquí sólo nos tenemos el uno al otro y aunque suene fome e incluso pueda dar un poco de miedo, ha sido bonito.

Cuando algo pasa, si estoy contenta o cuando Cristóbal ha hecho una gracia nueva en el primero en que pienso es en Cristián. Me alegra saber que pronto va a llegar y vamos a poder conversar, nos vamos a reír y él va a estar tan emocionado como yo de la tontera que sea que me haya pasado. El down side es que también es él quién se tiene que ‘comer’ mis malos momentos y rabias. ¿A quién le alego si la ducha está tapada?, ¿a quién le tengo que recordar que hay que ver el tema del jardín para el Toti, etc.? Lamentablemente esos batazos también lo esperan al llegar a la casa…Estoy contenta, pero no me he sometido a un trasplante de cerebro ni mucho menos …

Ahora los fines de semana no parten con “¿has hablado con alguien?”, esa era la típica frase de mi marido los días viernes. Ahora nos planificamos con tiempo para coordinar salidas y paseos, incluso estamos tratando de organizar viajes dentro de Asia y todo es pensado para la familia.

No voy a negar que echo mucho de menos una juntita con amigas, esas que se dan con las más íntimas donde uno se ríe de puras tonteras, habla cosas serias y profundas e incluso pasa penas juntas, todo en unas horas. Sí, las echo mucho de menos, pero también ha sido interesante que mi único amigo sea Cristián. Es tranquilizador saber que aún me entretiene. La sola idea me re encanta. 

Es ahora entonces cuando debemos sacar a la superficie lo mejor de nosotros para salir airosos de lo que podría haber sido una tragedia. ¿Sola en Corea y más encima lateada con Cristián? Ah, no…eso sí me hubiera matado.

Me imagino que más de una vez la sensación de que la vida te pasa por encima puede haber contribuido a separar familias enteras. De repente algo pasa, te miras, ves a quien está a tu lado y simplemente algo cambió, este tren los separó y ya no son lo que eran.

Ridículamente, cuando hay tormenta afuera y no podemos salir con el Toti, igual me arreglo para él. No me refiero a que me instalo un vestido de cóctel como los que hacen furor acá ni mucho menos, pero sí trato de estar como hubiera estado si viviéramos en Santiago y tuviera una vida fuera de estas cuatro paredes. Lo hago por él y por mí. Doña Florinda no va conmigo y, conociéndome, si efectivamente me quedara en pijama un día o no me preocupara nada, la cuestioncita se volvería un hábito de inmediato y después habría que sacarme el pijama con cincel. ¡Pavor! No, prefiero obligarme a ‘estar en pié’. Además, hay un tema que hay que reconocer: no soy de esas ‘bellezas al natural’ que se duchan y se ven radiantes. Yo necesito la encrespadita de pestañas y una pasada de tapa ojeras al menos para sentirme entre los vivos.

Ahora, mientras se termina de cocinar mi primerísimo charquicán espero tranquilamente que llegue mi ‘compañerito de juegos’ para poder así empezar a hablar en adulto nuevamente.

Esperemos que las cosas sigan como van y que los fines de semana sean lo suficientemente entretes como para que la semana se pase rapidito. Otra tarea para mi nuevo mejor amigo J

sábado, 13 de agosto de 2011

Las pequeñas cosas de la vida

Ayer fue un buen día. Cristóbal se portó súper bien después de pasar la primera noche en su cama nueva. Tanto así que no hubo necesidad de mandarlo a sentarse en el suelo castigado ni siquiera una vez –y eso que en un día por lo general se va a “sentar” (que más bien es echarse a llorar) al menos tres veces-. Además, al salir a la plaza a jugar conocimos a dos mamás con sus hijos. Una de ellas incluso hablaba un poquito de español, así que bien. “¡Hizo una amiguita!” me dijo Cristián. En la noche nos juntamos a tomar café con unos sudafricanos que viven acá hace algunos meses y,  para ya no dar más de éxtasis, me llegó el celular con conexión a internet y el colchón nuevo. ¡Todo en un día! Sí, fue maravilloso.

Hoy también hemos andado bastante bien, aunque estoy hecha bolsa de cansada. Mis días acá son bien básicos, pero agotadores. Hoy me levanté a las 7:30, como siempre, pero no paré. Teníamos invitadas a comer y para lucirme se me ocurrió la brillante idea de hacer ñoquis, por primera vez. ¡Valor! Aproveché mi nueva conexión a internet y busqué una receta.  Se veía simple, pero me faltaban mil cosas.

Tenía que ir al supermercado sola con Cristóbal, pero antes hubo que dejar la casa impecable. Aspiradora, trapeado, limpiado de baños y cocina, lavar y colgar ropa, etc. A las 10:30 estábamos saliendo. Tenía sólo una hora porque a las 11:30 en punto este niño empieza a pedir ´papa´. No sé qué le pasa que anda tan hambriado últimamente.

Cuando salimos del súper estaba lloviendo. Yo iba con tres bolsas –no soy capaz de usar las cajas de acá, así que me doy el lujo de pagar por el cruel y vil plástico- y con Cristóbal que se estaba quedando dormido. Le pasé mi celular al conductor, donde estaba escrita mi dirección en coreano, pero el muy nerd creyó que le iban a hablar y se puso el teléfono en la oreja diciendo “anió e ción?” –o algo así- que significa ‘hola, cómo está’ y yo atrás, muerta de la risa, trataba de explicarle que la información estaba escrita.

A las 12 estábamos en la casa y partió mi maratón. Acá la cosa es temprano, así que tenía que tener todo listo para que llegaran tipo 6:30

Hice almuerzo flash –panqueques con atún- y partí con las salsas: una boloñesa y una de champiñones. Una ensaladita y helado con frambuesas de postre. Listo. El tema complejo estaba en la pasta. En teoría los ñoquis son muy simples: papas, harina, nuez moscada y huevo, sería. Efectivamente es fácil, pero demorosooooo. Lograr la consistencia de la masa es lo complicado, sobre todo cuando uno no tiene experiencia…al ojo no más.

Una cosa no menor es que para cocinar en mi nueva casa hay que estar preparada para lavar, lavar y lavar. El equipamiento de la cocina incluía un sartén y dos ollas. Una chica como para salsa y otra un poco más grande estilo ‘para arroz’. La cocina a gas, además, tiene sólo dos quemadores y no existe el horno. Por ‘ahorrativa’ no quise comprar más cosas, no vi la necesidad. Ahora la veo. Las manos me quedaron con grietas de tanta agua y detergente, pero me las arreglé.

Para que Cristóbal no me molestara mucho durante la preparación le compré un balde con plasticinas. GRAVE error. Definitivamente no es la entretención adecuada para un niño de un año cuando uno quiere mantener el orden y  la limpieza de la casa. Lo dejé de mirar un minuto y medio y todo era un desastre. Él se había comido al menos un tubo, había pisado otros cuantos con las zapatillas, espolvoreado el resto y pegado uno que otro pedacito en el sillón. Paciencia, Pía, no lo mates…es tu hijo.

Después del aseo número dos del día tuve todo listo, mesa puesta incluida, a las 6 de la tarde. Justo a tiempo para sacarme la harina de encima y pegarme una lavadita de dientes al menos.

Los ñoquis!


Cristián llegó hecho una sopa, antes que las invitadas. Afuera había una tormenta enorme, llovía como en el sur, pero con 30 grados. Ahí nos preocupamos por estas niñas: ¿cómo iban a volver a sus casas después? Cristián llamó a una para ‘liberarla’ de la invitación si es que la tormenta las complicaba. A diferencia de lo que se podría pensar, quedé tan cansada con tanta preparación que feliz hubiera cancelado todo. Nadie puede, ¿cierto?

Al final todo salió bien. Las amigas de Cris llegaron con un postre precioso, los ñoquis quedaron ricos y las salsas también. Ufff. Otra pequeña felicidad. Hoy también fue un buen día…


Rachel & Christine (nombres occidentalizados, por supuesto. Los verdaderos son inpronunciables aún

 


Toti atacando el postre


 

martes, 9 de agosto de 2011

De shopping...

Por supuesto, la gran barrera al estar acá es el idioma. ¡El coreano es dificilísimo! Tienen una pronunciación muy extraña, nasal,  arrastrando algunas vocales, lo que hace que pierdas el tono en el que la persona te estaba hablando. Por ejemplo, es muy difícil identificar si alguien está afirmando algo o haciendo una pregunta.

Gracias a la tecnología, eso sí, hemos podido hacer algunas cosas, usando el coreano. El celular tiene una aplicación con frases simples, de uso diario, estilo “¿dónde está el baño? Y con eso nos hemos podido dar a entender –algo- en el taxi, por ejemplo -Ayer fuimos a un mall y el caballero se reía porque nos escuchaba practicar coreano en el asiento de atrás.

Tratar de comprar es otra historia. Entrar a un mall ya es toda una experiencia. Está todo constantemente repleto. Es muy extraño encontrarse con tiendas con un lujo que no se ve en Santiago, con marcas que ni conocemos y cosas carísimas, impagables y algunos metros más allá hay canastas con poleras horridas, que parecen sacadas de un ‘todo a mil’.
La moda también es súper diferente. Al ser una cultura tan tradicional, pero también moderna, esos estilos se mezclan y el resultado es una cosa media rara. Las mujeres usan vestidos y minis, principalmente. Es verano, claro, y quizá por eso andan más así, pero se nota una femineidad bien grande. Mucha mini y mucho taco. ¡Por Dios que les gustan los zapatos! Parece que todas fueran a algún cóctel o algo así, taco y vestido elegante, hasta para ir a comprar pan. En el mall que fuimos, por ejemplo, hay tres pisos enteros dedicados a las mujeres. Ropa, cremas, joyas, accesorios y por supuesto, zapatos. Cero mi gusto, lamentablemente. Si te gusta el taco alto y el brillo o pedrería, este es el lugar para ti. Mucho dorado, mucha mostacilla y cosas así. Las mujeres jóvenes por lo general usan faldas, tacos y una polera de algodón ancha, estilo Mickey Mouse (no me pregunten por qué). Entre los hombres se puede identificar dos estilos. Uno relajado, con polera, pescador de algodón y calcetines con chala plástica tipo “salida de piscina”; y otro ultra fashion, ridículo para nuestro gusto, con pantalón mega apretado color damasco, por ejemplo, cortito, camisa que parece sacada del closet de la hermana chica, muy loca con colores y diseños extraños, mocasines y cartera, sí, ¡CARTERA! No bolso, car-te-ra…y si es Louis Vuitton mejor. Ese tipo de hombres yo juraría de guata que es gay, pero se les ve con las pololas de la mano, entonces al parecer no lo son…ahí me pierdo un poco. Otra cosa que usan mucho es joyas, hombres y mujeres con anillos, relojes enormes, mujeres con uñas con diseño y así. Hasta niños de cinco años teñidos y con uñas pintadas he visto…


Prueba N°1: los hombres USAN cartera!


Prueba N°2


Si bien las primeras idas al shopping fueron más que todo para mirar y tratar de descifrar qué hacer, hoy tuve mi primer encuentro cercano y fui y lo hice…compré pilchitas para mí, usando la tarjeta de mi marido, falsificando firma y todo, total ¿qué iban a saber ellas si yo me llamaba Cristián o no? Al abrir una cuenta corriente acá voy a tener mi propia tarjeta, pero mientras tanto…¡matanga!

Es divertido comprar acá. Por mucho que ando con el celular con traductor, cuando pregunto un precio y me lo dicen, ¡no tengo idea qué me dijeron! Sib man no significa nada para mí, pero eso es cien mil, cheon es mil y así…puras rarezas que al sumarle el acento coreano pasan a ser como sonidos de otro planeta. ¿Qué hacer entonces? Les pido que me anoten el número en la calculadora. Charán!

El tema del transporte es otra cosa. Con el taxi la cosa es fácil porque uno le muestra el teléfono con la dirección y listo. Todos los autos de acá, pero TODOS, tienen pantallas con GPS y los taxis, además, tienen tele. Por lo que nos hemos dado cuenta, ¡los coreanos son fanáticos de las teleseries! Donde vayas hay una y la gente, pegada viéndola.
Con tanto aparato no sé cómo no chocan más. Entre el pito y la voz del GPS que me imagino les va indicando el camino, más la teleserie, más el celular de ellos, más los pasajeros…uf, increíble. El tráfico es bien atroz. Hay tacos por todas partes. Las calles son anchas y todos los semáforos son como de cuatro tiempos, por lo que si te tocó justo la roja prepárate para achicharrarte antes que puedas cruzar. Por lo mismo, varios se pasan las luces rojas, aunque en general debo decir que se ve todo ordenadito.   

Una de las cosas que nos preguntamos antes de venir era si sería necesario comprar un auto. El transporte público es muy bueno, barato y seguro y la oficina de Cristián queda a sólo dos cuadras, así que por ese lado no habría necesidad, pero con los veinte grados bajo cero que se esperan para el invierno es medio difícil pensar en salir con Cristóbal sin auto. Además, con auto creo que disfrutaríamos más los fines de semana, sin perder tanto tiempo esperando buses.


Cruzando la calle, desde nuestra casa, esto es lo que hay. El café Pascucci es desde donde me conecto


Una vez que tengamos la tarjeta de inmigración que nos permite comprar y contratar servicios creo que compraremos algo barato, que sea fácil de vender al momento de irnos. Lo difícil va a ser sacar licencia para conducir y aprenderse las calles…¡a comprar GPS se ha dicho!

¿Caballo inglés?


Cada vez que en Santiago me preguntaban qué iba a hacer al llegar mi respuesta era la misma, “algo encontraré, en la casa no me pienso quedar” y aquí estoy, en la casa.

Desde mi rutina en Chile la idea de venirme a Corea era más que tentadora. Si bien tenía claro que no todo iba a ser fácil, veía miles de cosas positivas: no tener que levantarme temprano para ir a trabajar, conocer otro país, aprender un nuevo idioma, unirnos más con Cristián y tener la experiencia de haber vivido en el extranjero. De verdad que la idea me entusiasmaba mucho. Pero sobre todo lo que más me gustaba del plan era que iba a poder disfrutar del poco tiempo de guagüita que le queda a mi Toti…antes de crecer y convertirse en un niñito que no me quiera ver ni en pintura.

Al pensar en Corea me imaginaba que Cristóbal iba a ir al jardín un par de horas al día y que después, en las tardes, íbamos a poder jugar y pasear juntos. Así, durante su rato en el colegio, yo iba a poder tomar cursos, ir al gimnasio, hacer clases de español o lo que quisiera, para luego disfrutar a este niñito exquisito. Win-win situation, ¿qué mejor? Sin embargo, ahora que estoy acá me ataca un pánico que me hablaba bajito mientras aún estaba en Chile. Y la voz dice: “¿qué tal si se me acaba el entusiasmo antes de haber empezado siquiera?”.

No sería la primera en mi familia que se caracteriza por eso. Parte de mi cadena de genes tiene escrito el código del ‘soñador/flojo’. Luchar contra esa realidad sería como negar a mis ancestros, pero lo tengo que hacer, principalmente por este niñito, que no se merece una mamá quedada y quejona. No, eso nunca.

Al final todo vuelve a ser un tema de expectativas. ¡Qué increíble que uno se las arma para lo que sea, aunque trate de no hacerlo! Mi gen de caballo inglés deberá quedar en remisión por ahora. Espero que el de mapuche estilo “de atrás pica el indio” sea más fuerte esta vez.

Aún no hay noticias respecto de jardín para el Toti. El colegio internacional de acá cuesta siete mil dólares el semestre, por lo que Cristián está tratando que eso lo pague la empresa. Mientras tanto, sigo a cargo de mi guagua 24/7 y el cambio me está pasando la cuenta.

Es cierto que uno los estimula mucho más -en pocos días ha aprendido hartas palabras-, eres testigo de cada una de sus exquisiteces, te haces indispensable para ellos a un nivel que no te imaginas y todo eso es maravilloso, pero cuesta. A mí en lo personal la pila me dura hasta como las siete de la tarde. A partir de ahí lo quiero matar. Suena duro, pero es cierto. En las noches mi nivel de paciencia es menos mil y él sigue con una energía que ya se quisiera cualquiera. Lo bueno es que, durante estas primeras semanas al menos, Cristián está llegando mucho más temprano y alcanza a verlo despierto y a entretenerlo antes de dormir, mientras yo me enrollo la lengua, como en los monitos animados.

La verdad es que en sólo una semana he pasado por todos los estados anímicos imaginables. Sigo en la nebulosa respecto de cómo serán mis días acá finalmente. Creo que todo mejorará una vez que pueda despegarme a este siamés, pero mientras tanto deberé concentrarme en lo bueno de todo lo que estoy viviendo, que supera con creces lo malo.

Me conformo con tener presente el hecho que a lo largo de la carrera lo importante, más que llegar rápido, es llegar digna, sin haber dejado muchos damnificados en el camino.

Fasten your seatbelts, we are preparing for landing...

Luego de casi once horas llegamos a Seúl. Lo que parecieron cuarenta grados de calor y una humedad del mil porciento nos recibieron al bajarnos del avión. OMG! ¿Siempre hará este calor o será una cosa de un día que pasa una vez cada un millón de años? ...Siempre hace ese calor.

Entre Corea y Chile hay trece horas de diferencia horaria, por lo que no iba a ser fácil adaptarse al cambio.
Esta vez había alguien esperándonos, así que no hubo que hacer la caminata de Kung-Fu. Lo malo fue que el caballero era más chico y flaco que yo y manejaba un sedán, por lo que Cristián tuvo que cargar el auto, dejándonos a mí y el Toti unos veinte centímetro cuadrados para sentarnos al lado de maletas y bolsos.
Como la empresa era la que nos había mandado, llegamos de inmediato al departamento que ocuparemos durante este año. Cero hotel. Inevitablemente la primera impresión la dio el calor y la segunda, el barrio al que llegamos…feucho. Bueno, no importa, no juzgaré antes de tiempo –me dije.


La vista desde la ventana
El taxista con pinta de fideo nos dejó abajo del edificio. Haciéndonos una seña nos dijo que no tenía tiempo, por lo que no nos ayudaría con las maletas. Vuelta a acarrear todo. A esa altura Cristián ya tenía brazos de fisicoculturista. Subimos al quinceavo piso y ups, sorpresa…no hay cerradura sino que hay que ingresar un código para entrar, código que no teníamos idea cuál era. Menos mal Cristián se pudo comunicar con la persona encargada del traslado acá en Corea y le dio el número. Ya adentro todo mejoró. El departamento era mil veces mejor de lo que me esperaba.


Esquina de nuestra casa. El edificio grande del fondo es Samsung.


 

Toti ambientándose a la casa nueva

El edificio es feíto, se ve antiguo por fuera, pero adentro es bien moderno. Tiene piso flotante en toda la casa, hartos ventanales, tres dormitorios amplios, dos baños y una cocina abierta conectada con el living, dándole a Cristóbal suficiente espacio para jugar. Bien, creo que me pudo adaptar a esto. Pasaron unos minutos y empezamos a ver que todos los electrodomésticos estaban en coreano, los controles remotos, los manuales de uso, todo. Chan!
Ya que la casa está pensada para dos adultos, sólo hay una cama matrimonial, por ende, Cristóbal deberá dormir con nosotros hasta que compremos cama para su pieza. Chan chan!
Ya instalados, con los bolsos por fin desocupados, comenzamos a recorrer a pié lo que el calor nos permitió. De inmediato te das cuenta de dos cosas: va a haber que acostumbrarse al olor a comida en las calles y ¡por Dios que les gusta el café! En una cuadra nos encontramos con unos seis cafés distintos, estilo Starbucks, bien indos y occidentalizados. Sólo al lado de nuestra casa hay cuatro, más un restaurant de comida italiana, otro de brunch estilo ‘american’ y otro de hamburguesas.
Sin querer queriendo llegamos a un supermercado.

Comprar lo básico fue toda una odisea. Varias cosas se veían igual que los negocios nuestros y tenían una que otra cosa escrita en inglés, lo que era de mucha ayuda. Los pañales, por ejemplo, fueron fáciles de comprar. Todo en coreano, excepto Huggies y los kilos de peso que la guagua tenía que tener para usarlos. Estupendo. Otra historia fue la leche en polvo. Se entendía que era leche por el pasillo en la que estaba, pero eso era lo único que se entendía. Al final compramos al ojo y parece que no nos fue muy bien. A Cristóbal no le gustó para nada.
Al igual que todos los occidentales en Corea -creo- mi pensamiento al llegar a las carnes fue “espero no encontrarme con un perrito embasado”, pero si lo hice al menos no me di cuenta. Tomamos las bandejas que decían ´Australian beef´ y listo. Otra cosa rara del súper fue que hay cero verduras y frutas. Es realmente impresionante la enorme variedad que tenemos en Chile. Acá sólo vimos un tipo de lechuga, cebollines, papas, pimentones y un par de cosas más. Nada de manzanas, ni acelgas, ni choclo, ni zapallo ni nada, ni siquiera congelado. Va a ser todo un desafío tratar de mantener nuestro estilo a la hora de comer…y yo que pensé que la barrera iba a estar en mi inexperiencia al cocinar…

En el súper vivimos también nuestra primera experiencia en lo que se transformaría en una constante: ¡el Toti es un éxito! La embarró este niño como causa sensación entre los coreanos, hombres y mujeres. No sé si será que tiene los ojos enormes o qué, pero de que atrae miradas y arrumacos, pucha que los atrae. Y como se sabe exitazo se lanza todas las gracias juntas: corre, da besos, baila, se sube ‘upa’ de la gente y demases.
Si quieres saber qué le gusta a los coreanos es cosa de ir al supermercado y listo. Te fijas en lo que es gigante y ya. Las bolsas de cebollín y ajo eran para la risa de grandes -creo que no tendré que comprar ajo nunca más en mi vida- y había un pasillo entero, por ambos lados, dedicado al arroz. Había de todos tipos y tamaños. La bolsa más chica era de tres kilos y la más grande se veía igual a una bolsa de comida para perro: ¡veinte kilos! Después nos dijeron que esa era justamente la más vendida. Las despensas de estas personas deben ser enormes, pensé. Otra zona para perderse era la del café. Muchos tipos, tamaños, sabores y todo lo que te imagines.

Al pagar la cuenta, otro choque cultural. Acá las bolsas se pagan aparte y son caras. A un costado hay un mesón con cajas de cartón dobladas y huincha adhesiva. Luego de pagar la gente va allá, elige su caja, la arma y guarda lo que compró. ¡Qué lata! Echo de menos a los “estoy para servirle” del Jumbo, que incluso pasan las cosas por la cajera si se lo pides, te acompañan al auto, te lo dejan cargado y todo. Una vez más ¡Chilito y su servicio Premium!
Al empezar la semana Cristián me avisó que estábamos invitados a ir a comer con sus jefes y respectivas señoras. La cultura coreana es muy respetuosa de los rangos, así que Cristián me tuvo que enseñar algunas cosas que tenía que hacer al estar entre ellos y otras que definitivamente tenía que dejar fuera. El primer dato fue que si alguno de ellos me servía algo para tomar, tenía que levantar el vaso con las dos manos y después debía servirle yo a esa persona. Lo iban  a estar esperando. Otra cosa es que no podía llegar y sentarme en el puesto que yo quisiera de la mesa, ellos tienen su propio orden jerárquico y me iban a mostrar dónde me tocaba a mí.

El jefe directo de Cristián nos pasó a buscar –acá no tenemos auto- y partimos a buscar a su señora, quien no hablaba ni media palabra de inglés. Uf, me espera una noche muy entrete. No llevábamos ni media cuadra cuando Cristóbal se puso a roncar, literalmente. Llegamos al restaurant – que era occidental, thank God- antes que el jefe máximo quien era el que nos había hecho la invitación. Ahí respiraron aliviados Cristián y su jefe.
Me tuve que aguantar la risa al ver que jefe número uno se doblaba como wantán al saludar a jefe número dos. La señora también se paró como con resorte y saludó muy humildemente. Yo opté por actuar acorde a mi cultura, es decir, saludé amorosa, pero sin dobleces ni reverencias raras. Luego de un rato me di cuenta que el jefe máximo era un encanto. Súper amoroso. Había vivido siete años en Inglaterra, así que estaba bastante occidentalizado, especialmente en el carácter. Se reía relajado y quedó fascinado con Cristóbal –quién se portó pésimo by the way. Ese fue mi estrés de la noche. Tratar de mantener tranquilo a Cristóbal, que no había dormido nada, sin pegarle el grito de furia en el intento. Pasó un par de horas y habíamos sobrevivido.

Como llegamos a Corea día viernes, tuvimos todo el fin de semana para conocer y adaptarnos al horario. Lamentablemente el lunes llegó y Cristián tuvo que ir a trabajar. Ahí comenzó la realidad. Me vi sola con Cristóbal en un departamento rico, pero sin nana, internet, cable, ni celular, teniendo que hacerme cargo yo de todo: lavar, planchar, hacer aseo y cocinar. ¡En qué estaba pensando!